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Benjamin Smith, autor de una gran historia sobre el narco mexicano, escribió en el blog especializado de Ioan Grillo un provocador resumen del origen y la evolución del fenómeno, la sucinta historia de cómo un grupo de bandas sueltas, dedicadas al negocio de las drogas, se volvió la red de crimen organizado que conocemos hoy, extendida a muchos otros delitos, en territorios completos sometidos a su imperio.

Smith pone el huevo de la serpiente en una omisión originaria: el abandono de las policías a su suerte en el combate contra el narco.

Y lo hace de manera provocativa, citando al impresentable comandante Guillermo González Calderoni, en una entrevista del año 2000 con PBS News, sobre la forma en que la policía mexicana se mezcló con los mafiosos.

González Calderoni había pedido y obtenido asilo en Estados Unidos, luego de ser un ejemplo mayor de lo mismo que denunciaba: un doble agente policiaco y mafioso que sabía muy bien de lo que hablaba.

Le preguntaron en aquella entrevista:

“¿Por qué hay tantos comandantes corruptos en la policía mexicana?”.

Calderoni respondió:

“¿Qué hicieron para convertirlos en verdaderos policías?¿Les dieron el presupuesto necesario? ¿Les dieron gasolina para los camiones? ¿Les dieron mejores armas, vehículos, inteligencia, información y tecnología que los que tenían los narcotraficantes? Si no les dieron nada de esto, ¿qué les dieron? Los enviaron a convertirse en lo que se convirtieron: a recibir dinero de los narcotraficantes para combatirlos. Quizá les quitan el dinero a algunos narcotraficantes para combatir a otros narcotraficantes”.

A Calderoni lo ejecutaron tres años después en un estacionamiento de McAllen, Texas. Sabía demasiado, debía demasiado.

Lo cierto es que la policía siempre acompañó al narco más que combatirlo, y cuando lo combatió seriamente lo hizo en servicio de algún cártel rival.

Los cárteles pasaron de ser bandas sueltas a ser organizaciones dedicadas al tráfico de drogas. De ahí pasaron a ser grandes redes de crimen local, asentadas en amplios territorios, con un menú enorme de negocios a veces más rentables que las drogas, como la extorsión a productores, la trata de personas, la apropiación de gobiernos locales o el huachicol fiscal.