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Creo que Evo Morales definió bien las características del golpe de Estado que interrumpió su presidencia.

Fue un “golpe cívico, político y policial”, dijo, omitiendo extrañamente al ejército.

Fue un golpe cívico porque se dio en lo alto de irrefrenables protestas contra el fraude electoral fraguado por el propio Evo para evitar ir a una segunda vuelta. En medio de esa movilización cívica, sin embargo, hubo un rasgo siniestro, sistemático, que fue asediar violentamente a miembros del gobierno para obligarlos a dimitir. A un ministro le quemaron la casa.

Fue un golpe político porque, antes de que el ejército hiciera la coacción final, Evo había perdido el apoyo de los sindicatos, de la policía, de los empresarios, y había soliviantado los ánimos de la sociedad adversa a su gobierno.

Fue un golpe policial porque la policía se declaró en huelga frente a las manifestaciones de protesta e incluso se puso de su lado.

Cuando llegó la “sugerencia” del ejército de que renunciara, ya estaba todo perdido desde el punto de vista cívico, político y policial.

Evo Morales había castigado a la policía quitándole facultades por distintos hechos de corrupción y colusión con el narcotráfico. Había en cambio cortejado al ejército y lo juzgaba un aliado seguro. No lo fue. Fue el puntillero.

Creo que México ha hecho bien en ofrecerle asilo a Evo Morales y en exigir de la OEA un pronunciamiento sobre la necesidad de una transición institucional en Bolivia, una transición que otorgue garantías a los miembros del gobierno depuesto e inclusión política a sus partidarios.

Nada tan amenazante como el energumenismo ultraderechista del líder de la movilización antievo, Luis Fernando Camacho. Si ese es el posgolpe que se impone, veremos regresar a la Bolivia bronca, polarizada, inestable y violenta de otros tiempos.

Evo Morales colaboró eficientemente en su propia ruina, llevado por la pasión de mantenerse en el poder. Se pasó de la raya, afrentó a la sociedad que le era adversa, unificó a la oposición y precipitó el fin de un gobierno que, puesto todo junto, había traído buenas cosas a Bolivia: crecimiento, disminución de la pobreza, estabilidad política.

No estoy seguro de que su carrera política haya terminado.