Minuto a Minuto

Internacional Uno de los atacantes de la mezquita de San Diego robó tres armas de la casa de su madre
La madre de uno de los atacantes de la mezquita alertó a las autoridades tras notar la desaparición de su hijo, de su vehículo y varias armas
Nacional Puente por el Día del Maestro deja una derrama de 639 mdp en Mazatlán
El puente por el Día del Maestro dejó una derrama económica superior a los 639 millones de pesos en el puerto de Mazatlán, Sinaloa
Nacional Inauguran el Mundialito Culiacán 2026 con una fiesta de color y convivencia
En total, 48 equipos conformados por más de 900 niñas y niños recorrieron la cancha representando con orgullo a diferentes naciones en el Mundialito Culiacán 2026
Nacional Habitantes bloquean la carretera 57 en Querétaro para exigir abasto de agua
Los manifestantes denunciaron que el abasto de agua mediante pipas ha sido insuficiente para cubrir las necesidades básicas de sus familias
Entretenimiento Aqua dice adiós: la banda de “Barbie Girl” anuncia su separación definitiva
"Para nosotros, este se siente como el momento adecuado para decir adiós", señaló el grupo Aqua sobre su separación

Alejandro Fernández protagonizaría el filme Zapata. Una revista de Estados Unidos concertó una exclusiva, y me contrató para que fuera a entrevistarlo al rancho Los tres potrillos. El cantante me recibió él solo, en el pórtico.

Alejandro Fernández tenía 33 años y estaba en forma. Llevaba botas, blue jeans y camisa negra; tocado con un sombrero oscuro. Expedía salud, riqueza, fuerza. Y simpatía. De pronto señaló su cabeza y dijo: “Mira, de Sonora a Yucatán, sombreros Tardán”.

Recorrimos la hacienda en su camioneta, una Mercedes Benz de color negro. “Vamos a escuchar buena música ¿no?”, dijo. Y colocó en el aparato de CD su disco Orígenes. Tarareaba las canciones y seguía el ritmo, con golpecitos de dedos en el volante.

–¿Te escuchas mucho a ti mismo? -le pregunté.

–No. De verdad que no, salvo antes de conciertos. Escucho música de otros. Oigo mucho a Silvio Rodríguez: es mi cantante favorito.

Atravesamos brechas, entre potreros cercados con alambres de púas. Y empezó a cantar Tantita pena. Quería explicar algo, porque con la mano izquierda me mostraba unas extensiones con vacas y caballos. Pero el canto le ganaba a la palabra.

Sólo dejó de cantar, y detuvo el coche, frente a un prado con caballos del tamaño de un perro pitbull. “Es una raza que mi papá ha criado desde hace años para que sean únicos -dijo-. Aquí los llamamos caballos miniatura, pero la raza original de llama Falabella”.

Volvimos a subir al coche y, un par de kilómetros después, llegamos a un henil. Allí habían transcurrido momentos inolvidables de su más temprana infancia: “Saltaba sobre aquellas las vigas hacia el heno; imaginaba que descendía en paracaídas, desde un avión”.

Me cayó bien Alejandro Fernández. Como un escolar sencillo, miraba sobre mi hombro cuando yo tomaba notas de sus palabras, o describía el entorno. Comimos en una cabaña de piedra. Nos sirvieron carne de ternera y ensalada, su plato preferido.

Antes de irnos de la cabaña, se detuvo frente a un espejo para atusarse el bigote estilo Emiliano Zapata, que se dejaba crecer para actuar en la película. Acabó de acicalarse y dijo: “A que soy guapo, amigo”. Y soltó una carcajada gloriosa.

Al atardecer, Alejandro Fernández tenía que entrenar acrobacias de Zapata en su caballo Villita. El ocaso ribeteaba la pradera de tonos púrpura y rojo. Nos despedíamos en una vereda, cuando un gallo amarillo pasó junto a nosotros, y él lo agarró.

Alejandro Fernández acariciaba el lomo del gallo; mientras me decía algo que no recuerdo. De súbito, el gallo cantó en sus manos. Él se asustó con el cacareo. Le dio un zape al gallo; y exclamo festivo:

“Cállese, cabrón, que aquí el que canta soy yo”.