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Alejandro Fernández protagonizaría el filme Zapata. Una revista de Estados Unidos concertó una exclusiva, y me contrató para que fuera a entrevistarlo al rancho Los tres potrillos. El cantante me recibió él solo, en el pórtico.

Alejandro Fernández tenía 33 años y estaba en forma. Llevaba botas, blue jeans y camisa negra; tocado con un sombrero oscuro. Expedía salud, riqueza, fuerza. Y simpatía. De pronto señaló su cabeza y dijo: “Mira, de Sonora a Yucatán, sombreros Tardán”.

Recorrimos la hacienda en su camioneta, una Mercedes Benz de color negro. “Vamos a escuchar buena música ¿no?”, dijo. Y colocó en el aparato de CD su disco Orígenes. Tarareaba las canciones y seguía el ritmo, con golpecitos de dedos en el volante.

–¿Te escuchas mucho a ti mismo? -le pregunté.

–No. De verdad que no, salvo antes de conciertos. Escucho música de otros. Oigo mucho a Silvio Rodríguez: es mi cantante favorito.

Atravesamos brechas, entre potreros cercados con alambres de púas. Y empezó a cantar Tantita pena. Quería explicar algo, porque con la mano izquierda me mostraba unas extensiones con vacas y caballos. Pero el canto le ganaba a la palabra.

Sólo dejó de cantar, y detuvo el coche, frente a un prado con caballos del tamaño de un perro pitbull. “Es una raza que mi papá ha criado desde hace años para que sean únicos -dijo-. Aquí los llamamos caballos miniatura, pero la raza original de llama Falabella”.

Volvimos a subir al coche y, un par de kilómetros después, llegamos a un henil. Allí habían transcurrido momentos inolvidables de su más temprana infancia: “Saltaba sobre aquellas las vigas hacia el heno; imaginaba que descendía en paracaídas, desde un avión”.

Me cayó bien Alejandro Fernández. Como un escolar sencillo, miraba sobre mi hombro cuando yo tomaba notas de sus palabras, o describía el entorno. Comimos en una cabaña de piedra. Nos sirvieron carne de ternera y ensalada, su plato preferido.

Antes de irnos de la cabaña, se detuvo frente a un espejo para atusarse el bigote estilo Emiliano Zapata, que se dejaba crecer para actuar en la película. Acabó de acicalarse y dijo: “A que soy guapo, amigo”. Y soltó una carcajada gloriosa.

Al atardecer, Alejandro Fernández tenía que entrenar acrobacias de Zapata en su caballo Villita. El ocaso ribeteaba la pradera de tonos púrpura y rojo. Nos despedíamos en una vereda, cuando un gallo amarillo pasó junto a nosotros, y él lo agarró.

Alejandro Fernández acariciaba el lomo del gallo; mientras me decía algo que no recuerdo. De súbito, el gallo cantó en sus manos. Él se asustó con el cacareo. Le dio un zape al gallo; y exclamo festivo:

“Cállese, cabrón, que aquí el que canta soy yo”.