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Dice la ronda infantil que el patio de mi casa es particular, que se moja y se seca como los demás, pero añade indicaciones presuntamente dedicadas al baile, y que son de esos misterios que guardan casi todas las canciones que cantábamos de niños: “agáchate, y vuélvete a agachar”.

Será el sereno, pero esa indicación no tiene nada que ver con la conducta que todos adoptamos hacia nuestro hogar, no solamente a la parte trasera de la vivienda. Y me vino a la mente, porque hubo un tiempo lejano en que el frente de nuestra casa se mantenía diariamente limpio y regado, como las casas dignas de todo pueblo. Si en la parte posterior —que a veces era hasta de cinco patios, afirma la canción de Luis Alcaraz— la fachada, el frente que da a la calle, debe ser siempre respetable y respetado por su pulcritud.

Para un país, para un estado, el frontispicio es su política exterior.

Hubo tiempos, que tuve el privilegio de vivirlos, en que la política exterior de México no era solamente respetada y digna de elogio.

En 1982, José Antonio Eufemio Nicolás de Jesús García Robles, un zamorano que había nacido en 1911, y a sus 28 años había ingresado al Servicio Exterior como tercer secretario de la embajada de México en Suecia, recibió el Premio Nobel de la Paz, el primer mexicano —de dos— que han llegado a esa distinción.

A García Robles se le recuerda y venera por haber sido el principal impulsor de la proscripción de las armas nucleares. En febrero de 1967, y gracias a su trabajo, se firmó el llamado Tratado de Tlatelolco que prohíbe a los países latinoamericanos siquiera a aspirar a ese armamento.

No es el único mérito de carrera: García Robles había participado en 1945 en las pláticas de San Francisco que transformaron la Liga de las Naciones en lo que hoy es la ONU. Su nombre está siempre ligado a palabras como paz, desarme, entendimiento. Pero, además de eso, representa a un estilo de política exterior mexicana que ha ido desapareciendo paulatinamente. Una política exterior de principios, argumentos, elegancias y dignidad. Una política exterior en que sus ejecutores en el exterior fueron casi siempre dignos representantes de lo mejor que la diplomacia mexicana podía ofrecer al mundo.

Hoy ha desaparecido casi la categoría de diplomáticos mexicanos de carrera. Desde los más elevados, hasta los de secretario, los nombramientos son producto de amistades, parentescos o incluso complicidades. Premios a la lealtad y no al conocimiento, diría Andrés Manuel López Obrador si le preguntasen. La fachada de la casa.

Hoy estará en Palacio Nacional el rey Felipe VI de España para una visita y encuentro breve con la presidente con A de mujer, aprovechando el pretexto de que viene a ver jugar a la selección de su país en la Copa Infantino. Precisamente cuando la deteriorada política exterior de México arrastra los resabios del capricho del entonces presidente López Obrador para “pausar” las relaciones entre los dos países, puesto que una carta en que México exigía a España le pidiera perdón por los desmanes que los conquistadores cometieron hace cinco siglos no obtuvo ni siquiera acuse de recibo. Todos los mexicanos conocemos el desarrollo de ese dislate.

Lo que no sabemos es hasta qué punto la señora Sheinbaum está dispuesta a reparar la fachada de nuestra casa, cuando reciba a Felipe VI. La oportunidad de restaurar es única.

Con prudencia, ha insinuado doña Claudia que para este encuentro en su temario está resaltar los valores de los pueblos originarios de México, lo cual nunca ha estado a discusión, ni aquí ni allá. Pero será ella quien determine si insiste en pedir perdón, porque el patio de nuestra casa es particular. O como sea.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Por personales motivos, relacionados con el amor, no debo, ni quiero, ni puedo, comentar el partido de anoche ni su resultado.

Tengo el corazón partido y, de todas maneras, gano y pierdo a la vez.

Hoy, más tarde, los aficionados mexicanos al futbol volveremos al mundo real.

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