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Durante los últimos días, los mercados han estado atentos al estado de las negociaciones comerciales entre China y Estados Unidos, cuyo desenlace podría marcar una escalada o el final de una costosa disputa comercial entre las dos economías más grandes del mundo. Las disputas comerciales comenzaron oficialmente en marzo del año pasado cuando Estados Unidos implementó un arancel de 30% a aproximadamente 250,000 millones de dólares de importaciones provenientes de China, incluyendo productos como páneles solares, lavadoras, acero y aluminio.

La respuesta china fue inmediata y el gobierno de ese país tomó represalias estableciendo aranceles a 128 productos provenientes de Estados Unidos con un valor aproximado de 110,000 millones de dólares, incluyendo productos agropecuarios como frutas, carne de cerdo y vino. La disputa comercial subió de nivel en julio y agosto del año pasado cuando Estados Unidos implementó aranceles adicionales a importaciones chinas con un valor aproximado de 50,000 millones de dólares.

De manera casi inmediata, China tomó represalias implementando aranceles a la importación de bienes estadounidenses por un monto similar. Después de un intento fallido de negociación en agosto del año pasado, la administración Trump extendió los aranceles a un monto adicional de importaciones equivalente a 200,000 millones de dólares.

China respondió de manera inmediata imponiendo nuevos aranceles a bienes importados por un monto equivalente a 110,000 millones de dólares, incluyendo un impuesto de 25% a la importación de soya.

Esta nueva ronda de tarifas por parte de China fue estratégicamente seleccionada para afectar a los estados donde se ubica la base política de Trump.

Ante esta situación, la administración Trump amenazó con la imposición de una nueva serie de aranceles por otros 200,000 millones de dólares de bienes chinos a partir del 1 de enero de este año, prácticamente cubriendo la totalidad de las importaciones provenientes de China.

La escalada en la disputa comercial hizo una pausa a principios de diciembre pasado cuando ambos países acordaron una tregua de 90 días para negociar. Las negociaciones comenzaron formalmente esta semana y hasta el día de ayer había ciertas señales de avance.

Aunque los intentos de negociación del año pasado fracasaron rotundamente, el entorno ha cambiado y ambas partes parecen tener mayores incentivos para hacer ciertas concesiones que permitan llegar a un acuerdo.

Por el lado de China, la economía está en una notable fase de desaceleración que podría agudizarse con la entrada en vigor de los nuevos aranceles en el 2019.

En el caso de Estados Unidos, la fuerte caída en los mercados accionarios americanos observada en el último trimestre del año pasado le ha quitado a la administración Trump parte del poder de negociación que creía tener.

Trump se pasó la mayor parte de los últimos dos años presumiendo el desempeño de los mercados accionarios en Estados Unidos como un logro personal.

Aunque Trump ha tratado de echarle la culpa del débil desempeño de los mercados a la Fed, está consciente que un acuerdo con China para terminar con la amenaza de una guerra comercial será bien recibido por los mercados.

Si bien los planes económicos y políticos en China se hacen con una visión de muy largo plazo y esperar dos años a las elecciones presidenciales en Estados Unidos es algo manejable, el presidente chino, Xi Jinping, podría aprovechar la creciente necesidad de Trump para presumir una “victoria” a su base para llegar a un acuerdo con concesiones mínimas y cosméticas que Trump tratará de vender a su electorado como un gran logro.

Hasta ahora, los mercados parecen estar apostando a un desenlace de este tipo en el cual China pretende ceder, Trump pretende que logró una victoria y los mercados apuestan a que la desaceleración en China es gradual y manejable.