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Me ha parecido un escándalo la renuncia del gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, en uno de los momentos de mayor incertidumbre económica de México.

Ninguna autoridad lo reconoce con claridad, pero el momento es de una ya prolongada emergencia financiera, con el peso severamente devaluado, el horizonte comercial del país disminuido por lo que el propio Carstens llamó el “huracán” Trump, la economía contrayéndose y las finanzas públicas nacionales paradas en un palito, endeudadas más allá de lo prudente y sin un acuerdo claro, precisamente con el Banco de México, sobre cuánto debe el gobierno reducir su gasto y cuánto debe el banco aumentar las tasas.

Incertidumbre es la palabra que según el propio Carstens caracteriza el momento actual. Su decisión de separarse del cargo ha añadido incertidumbre a la  incertidumbre.

La pobre explicación del hecho deja en el aire la impresión de que hay algo no dicho, un conflicto no aclarado, que es el origen de una decisión tan inoportuna.

Se ha dado una explicación normal para un momento y una decisión anormales. Y el efecto obtenido es de alarma y desconfianza.

La explicación es que a Carstens le han ofrecido un trabajo magnífico como gobernador del banco de los bancos centrales del mundo, un logro extraordinario en su carrera que no solo lo honra y lo beneficia a él, sino también a México.

No sé si esa explicación engrandece a Carstens o lo disminuye en su confiabilidad como responsable del Banco de México. Desde luego muestra al Banco de México bajo una luz de vulnerabilidad en la que yo no había pensado: es un puesto como cualquier otro al que se puede renunciar si su titular tiene una oferta mejor en el mercado de trabajo.

Pensé que la posición implicaba un compromiso de servicio más serio, menos sujeto al vaivén de las oportunidades profesionales de su titular.

La verdad no quiero tener un presidente del Banco de México que ande buscando un mejor empleo.

Mi queja es esta: teníamos en Carstens, hombre al que respeto y admiro, una pieza de estabilidad para la tormenta en que estamos. Ya no la tenemos.

Un escándalo.

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