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Cuando aquella noche del 8 de noviembre el mundo entero entró en estado de shock tras el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses, de inmediato empezó la especulación respecto a sus acciones de gobierno.

No imaginábamos -y todavía no entendemos del todo- que el mayor golpe que viene es fiscal, pero sí nos anticipábamos a creer que no pasarían más que unas cuantas horas desde que asumiera el poder para dar por muerto al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

El calendario imaginario partía de anunciar la renegociación el 21 de enero de este año (día siguiente de la toma de protesta), dar por concluidas las negociaciones al día siguiente y salir del pacto comercial al iniciar el verano. O bien, que en una negociación de no más de seis meses tendríamos un remplazo del TLCAN.

Pero ese enorme monstruo que implica tantos más de 500 billones de dólares de comercio bilateral México-Estados Unidos no puede afectarse tan fácilmente.

El cabildeo mexicano para convencer a Washington de la importancia de la relación comercial bilateral incluyó una visita apresurada del canciller y el secretario de Comercio, a la par de la cancelación del encuentro entre los presidentes de los dos países.

Pero lo que realmente pareció funcionar fue el cabildeo de las propias empresas estadounidenses y sus argumentos del tamaño de la crisis en la que meterían a tantos sectores que dependen de las importaciones a México.

Los tiempos de consulta a los sectores están marcados en el mismo texto del TLCAN. Son pasos previos necesarios, acordados para sentarse a la mesa. Y el relajamiento en el discurso belicoso antilibre comercio tiene que ver con el cabildeo de las empresas estadounidenses.

Que ahora Wilbur Ross diga que las renegociaciones del TLCAN iniciarán a finales del año no es del todo cierto. Todas las partes aseguran que no ha habido contactos formales para este tema. Sin embargo, la verdadera negociación que tiene que enfrentar el gobierno de Donald Trump es interna.

Ahí no puede romper alianzas con los empresarios de su propio país. Podría romper con México, pero las miles de empresas y los cientos de miles de empleados exportadores estadounidenses allá se van a quedar.

Estos tiempos no son definitivos. Tienen que ser acordados por las partes, pero parece que sí pasará todo ese tiempo antes del inicio de las negociaciones. Y eso abre un reto en la política mexicana.

Para cuando los negociadores estén en la parte más álgida de esa renegociación México estará celebrando elecciones presidenciales.

Si la idea es no terminar con el acuerdo pero sí hacerle adecuaciones importantes, esas negociaciones podrían extenderse todo el año próximo, lo que le tocaría al gobierno entrante retomar o cancelar.

Es por eso que en este escenario podría ser conveniente un acuerdo político, partidista o legislativo, para darle facultades y libertades al equipo negociador de atender esa importante tarea de sentarse con los enviados de Donald Trump y no tener que vivir con la amenaza de un golpe de timón tras las elecciones.

Así que blindar a los que tendrán la nada fácil tarea de renegociar con Estados Unidos es indispensable para tratar de obtener el mejor resultado posible para los tiempos post-TLCAN.