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Hay un genuino espacio para sorprenderse por la baja calidad de nuestros gobiernos. Nunca han tenido más dinero público, nunca han tenido tantos instrumentos de administración y planeación más refinados, rápidos y baratos como tienen hoy.

Y quizá nunca hayan tenido un rechazo y una molestia mayor de parte de los ciudadanos.

Es verdad que sus equivocaciones nunca habían estado tan desnudas y tan visibles ante los mil ojos digitales de la ciudadanía y la ubicuidad de los medios.

Lo cierto, pese a todo, es que nuestros gobiernos actúan todavía sobre una masa ciudadana desorganizada y aguantadora.

La invocada sociedad civil es de altas calidades pero de bajos números en México. No hay organizaciones horizontales de consumidores, capaces de poner su experiencia diaria de estafas y sobreprecios en la agenda de los grandes abusos nacionales.

Las pequeñas cosas que afrentan el bolsillo y el humor de millones de consumidores es una cadena invisible, y por lo tanto impune, de millones de desfalcos cotidianos.

Algo similar sucede con el trabajo. Nadie pelea ahí por derechos y garantías de los que trabajan. Los tribunales laborales son parciales al trabajador que litiga, pero, salvo en los grandes cascarones del viejo sindicalismo mexicano y las grandes empresas, los trabajadores de México no tienen representación ni asociación que los defienda, por ejemplo, del escándalo de sus bajos salarios, de la baja calidad de sus pensiones y seguros, de la baja calidad de los servicios públicos a que están obligados por sus ingresos.

Es un hecho notorio: nuestra economía produce millonarios de clase mundial, pero no salarios decentes para millones de trabajadores.

Nadie pelea organizadamente contra estos enormes desgobiernos de las pequeñas cosas, que son al final las verdaderamente grandes, las que definen en última instancia de qué sustancia está hecha una sociedad.

La nuestra, hay que decirlo, es una sociedad menos presentable en sus pequeñas cosas que en sus grandes, aunque podría hacerse un elogio largo de las pequeñas cosas de México que lo salvan como país.

Primero que ninguna: la resistencia de su gente, y a resultas y a pesar de ella, la cordialidad, su cauta forma de la alegría.

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