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El 20 de enero del año que está corriendo —tal vez para entrar en calor, tal vez colmado de miedo— tomará posesión el presidente número 47 de Estados Unidos de Norteamérica y el primero en ejercer el poder a pesar de haber sido condenado en un juicio penal como culpable de 34 cargos. El delincuente, que debería de ser huésped de una prisión y no inquilino de la Casa Blanca, se ha cansado de advertir que en cuanto terminé de jurar ‘solemnemente’ sobre la Biblia que desempeñará fielmente el cargo de Presidente de Estados Unidos, así como que preservará, protegerá y defenderá la Constitución de su país, empleando en ello el máximo de sus facultades; arremeterá contra los inmigrantes para llevar a cabo la mayor expulsión de extranjeros en la historia de ese país.

Que jure sobre la Biblia un delincuente ya es de por sí una paradoja más grande que el Capitolio, que su juramento incluya preservar, proteger y defender la Constitución la cual ha violado, según consta, lo menos en 34 ocasiones, es un disparate a la altura de un país bananero. Y que lo primero que se proponga hacer como presidente sea la expulsión de inmigrantes en un país formado por inmigrantes —como su abuelo alemán— raya en la iniquidad y la xenofobia.

Oficialmente existen en EU 11 millones de indocumentados, aunque según el Demonio Anaranjado, alias Donald Trump, son 25 millones, pero ya sabemos que la exageración y la mentira son dos características de este hijo de Satanás que en lugar de cuernos en la testa luce un rubio peinado estilo quesillo de Oaxaca.

Según las cifras del Departamento de Seguridad Nacional, hoy viven en Estados Unidos 11 millones de migrantes indocumentados, de los cuales 56% es de origen mexicano. Los inmigrantes asiáticos, principalmente de origen chino, surcoreanos e hindúes, son el segundo grupo de indocumentados. Seguidos de guatemaltecos, salvadoreños, hondureños y en menor medida de nacidos de varios países sudamericanos. Además hay migrantes africanos de Etiopía y Ghana.

La incertidumbre causada por las promesas, o más bien las amenazas, de campaña del Demonio Anaranjado de arrojar a los indocumentados de su país, es motivo de preocupación en el nuestro ya que si nos atenemos a las cifras oficiales serían seis millones 160,000 los connacionales devueltos al territorio nacional. Cantidad a la que el gobierno tendría que considerar física y laboralmente, además de privarnos de sus remesas, cantidad que para nuestra vergüenza es la mayor entrada de divisas que la economía mexicana registra.

La apuración se atenúa cuando la razón y el sentido común se imponen al odio y al racismo; y lo económico a la locura. Los defensores de los migrantes han esgrimido argumentos de peso contra el lema “Deportaciones masivas, ahora” de la autoría del Demonio Anaranjado. Expulsar de EU a tantas personas implicaría una serie de retos de sentido práctico, monetario y legal. Además de las obvias razones humanas, los verdugos tendrán que tomar en cuenta que los inmigrantes ilegales tienen derecho al debido proceso y a una audiencia judicial antes de ser expulsados. Es decir, tendrán que ampliar los tribunales de inmigración, de por sí atiborrados de casos retrasados.

Los expertos dudan que 20,000 agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE por su sigla en inglés) y el personal de apoyo puedan buscar, encontrar y detener tan sólo a 10% de la cantidad apuntada por el Demonio Anaranjado.

Así que por ese lado no debemos estar tan preocupados. Más alarma nos debe causar el hecho de que el Demonio Anaranjado califique a los narcotraficantes mexicanos como terroristas y que con ese pretexto, para contento de ultraconservadores, ignorantes de la historia, como Lilly Téllez y Marko Cortés, nos invada.

Punto final

Mejor que haya salido el niño en la rosca que en el ultrasonido. Más vale comprar tamales que pañales.