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Durante la República Restaurada, entre los años de 1867 y 1877, el culto guadalupano estuvo a punto de desaparecer en México.

La crisis del culto está unida a la desgracia política del obispo de Puebla, Antonio Pelagio de Labastida y Dávalos, infatigable promotor de la Guadalupana, junto con el papa Pío Nono, creador de los cultos marianos en la oleada conservadora que siguió a la revolución de 1848.

La virgen de Lourdes puso el ejemplo a seguir para el culto mariano con su oportuna aparición en 1858. Labastida y Dávalos emprendió en México la cruzada del engrandecimiento de la Guadalupana de aquellos años, pero cometió el error político de aceptar la regencia del imperio de Maximiliano de Habsburgo. Renunció al puesto unos meses después, cuando fue claro para él que el emperador austriaco no devolvería a la Iglesia católica los bienes eclesiásticos expropiados por las leyes liberales de 1857.

Labastida y Dávalos quedó unido, no obstante, a la suerte del imperio. Cayó en desgracia en 1867, junto con el propio Maximiliano, y partió al exilio a Roma, dejando a su virgen desamparada, en tierra de triunfantes jacobinos. La virgen del Tepeyac la pasó mal, igual que toda la Iglesia católica, maltratada por los liberales. El culto guadalupano se adelgazó angustiosamente, al punto de diluirse y desaparecer.

En 1869, refiere el historiador David Brading, el capellán de la virgen morena hizo saber “a la Sociedad Católica de la Ciudad de México que el santuario del Tepeyac ya no contaba con fondos suficientes para mantener su colegiatura, y que de la liturgia solo podrían encargarse uno o dos sacerdotes. La religión se hallaba mermada y los fieles cesaron de ofrendar la limosna tradicional, de modo que ‘poco a poco ha ido cayendo en el olvido el culto de la virgen de Guadalupe’” (Brading: La virgen de Guadalupe (Taurus, 2002, p.448).

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