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De acuerdo con Microsoft, RedVDS ofrecía, por un costo mensual desde 24 dólares, acceso a computadoras virtuales desechables que facilitaban la comisión de fraudes de manera económica, masiva y difícil de rastrear
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Cruz Azul suma tres puntos en dos partidos, mismo balance que el Atlas
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El agente del ICE habría disparado a la víctima en la pierna durante un intento de arresto en Mineápolis, a una semana del caso de Renee Good
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Fui a conocer la exquisita librería que inauguró mi querida Valentina Trava. Ella es una lectora aguda y una curadora literaria tremenda. Mi astigmatismo y mi vista cansada fueron los salvoconductos para que me permitiera subirme a la escalera de su librero y así admirar los títulos que ella ha seleccionado a mano. Me hice de ejemplares de Svetlana Alexiévich, Alice Munro y Doris Lessing. También me recomendó la novela Tiene que ser aquí de Maggie O’Farrell. Entre las joyas se asomó un libro de pasta dura de Nórdica Libros titulado Cuestionarios Proust: 101 personalidades reflexionan sobre el amor, la muerte, la felicidad y el significado de la vida, editado por Graydon Carter (director de Vanity Fair) e ilustrado por Risko. El cuestionario no fue inventado por Proust, sino que era un juego de salón parisino que ofrecía una excusa para la charla, las risas y la reflexión en el círculo burgués de amigos del novelista. Al parecer lo popularizó Antoinette Faure, la hija del presidente francés Félix Faure en el siglo XIX. Ella hacía tertulias e invitaba a sus amigos a contestar preguntas acerca de sus virtudes favoritas, sus ideas de miseria, estados de ánimo y muchas otras. Los invitados escribían sus respuestas en un cuaderno rojo con tapas de cuero. Proust contestó dos veces el cuestionario de Faure y más tarde publicaría sus respuestas en un texto titulado Confidencias de salón escritas por Marcel. Así que su nombre quedó asociado al cuestionario que más tarde se popularizó en Europa y que “capturaba la psicología prepop del siglo XX”. Graydon Carter confeccionó una versión moderna del cuestionario convirtiéndolo en “un inventario rápido de nuestras vidas” y lo puso frente a una lista de personalidades de distintos ámbitos de la vida pública. Las respuestas asombran y divierten, nos permiten —cual voyeristas— intuir la manera de ser de varios famosos (me recordó al chismógrafo de la prepa).

La felicidad perfecta de Margaret Atwood es: “Una canoa, nubes y claros, y ningún plazo de entrega a la vista”. Su mayor pesar es no ser cantante de ópera y gustosa viviría en un árbol. Para David Bowie leer es su mayor dicha y lo que más le gusta de un hombre es que “devuelva los libros”. Salman Rushdie es más feliz “ahora y aquí” y le fascinaría saber cantar. Arthur Miller encuentra dicha en “una noche de buen dormir” y su mayor miedo es perder la memoria, le desagrada la gente arrogante. Shirley Maclaine considera que la virtud más sobrevalorada es la monogamia. Carolina Herrera teme perder sus recuerdos. A Joan Didion le choca de sí misma dejar las cosas para más tarde, juega al solitario en su computadora y cae en pereza depresiva. La felicidad de Sting es cantar hasta la extenuación. Donald Trump abusa de la frase “¡estás despedido!” y uno de sus escritores favoritos es él mismo.

Cierro con Marcel Proust: “Mi rasgo más característico: un anhelo de ser amado o, para ser más precisos, de ser acariciado y mimado más que admirado”.