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Elimine las consideraciones político-electorales que pueden leerse en el dato del crecimiento económico y veamos cómo la economía mexicana confirma que es estable pero con un crecimiento estancado.

El valor más notable es la resiliencia que a lo largo de este siglo ha ganado la economía mexicana.

Ahora que el Inegi dio a conocer su primera lectura del crecimiento de la economía al cierre del cuarto trimestre y con ello el resultado anual, tenemos un buen pretexto para ver la curva del comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB) durante los últimos 20 años.

Las dos lecturas negativas más importantes de la economía mexicana, tras la crisis de 1995, tienen una explicación en factores externos directamente ligados con la suerte de la economía de Estados Unidos.

Tras los atentados de septiembre del 2001, la economía de toda la región norteamericana se vino abajo y después la gran recesión del 2008 dio cuenta del crecimiento de este país. En ambos casos tomamos decisiones internas que agravaron la caída, de eso no hay duda.

En estos dos episodios y en el resto de la curva de estas dos décadas hay factores locales que han influido para que las caídas sean mayores y las recuperaciones, fugaces e insuficientes.

En términos sexenales, esta administración, a diferencia de las dos anteriores, no ha presentado decrecimientos económicos en términos anuales. A cambio ha mantenido una línea plana que no logra rebasar la parte baja del crecimiento inercial que puede aportar esta maquinaria mexicana.

Entre los valores más destacables de la economía contemporánea está el control de la inflación. A pesar de que registramos un espantoso 6.77% de inflación al cierre del año, este lastre ha estado ausente de nuestra economía por décadas. Eso vale.

El dinamismo del mercado interno es un activo importante. Durante esta última década el mercado interno se ha desarrollado de manera importante. Eso se ve empíricamente en el número de comercios en las calles y se comprueba con el crecimiento del PIB terciario, superior a los otros dos componentes.

La creación de empleos es una gran ventaja de la economía actual, a pesar de que se mezcla con una de las grandes calamidades de México: los bajos niveles salariales que no permiten sacar de la pobreza a tantos millones de mexicanos. Afortunadamente no se insistió en medidas artificiales de crecimiento económico y los intentos de usar el gasto público como motor se frenaron y ahora estamos en fase de corrección del crecimiento de la deuda y del déficit presupuestal.

Ese frustrado intento puede convertirse en política de gobierno en los años por venir y entonces provocar un crecimiento artificial que se note un par de años para que después venga el momento de pagar las cuentas.

Si durante dos o tres años sube la deuda gubernamental y se gasta más de lo que se ingresa, se puede fingir un crecimiento. Puede parecer que vamos al primer mundo, tal como nos pasó a principios de los 90 o las dos décadas anteriores a esos años. Pero eso no existe.

El crecimiento de 2.3% que reporta el Inegi en su primera lectura del PIB al cierre del 2017 es poco pero es parte de una economía con fundamentales sanos, lo que sigue es hacerla crecer lo más lejos de la tentación política del corto plazo.