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El ritual de “purificación” al que se sometieron los ministros de la nueva Suprema Corte estuvo más cerca del ridículo que de la reivindicación de la religiosidad indígena de México.

Para empezar, al someterse a un ritual religioso, aunque de ignota nombradía, los nuevos garantes del orden constitucional violaron la Constitución en uno de sus mandatos centrales: la laicidad.

Esta es la lectura crítica más profunda y refinada del hecho. La ha hecho Jesús Silva-Herzog Márquez.

Pero la indigencia del ritual, su pobreza, su proximidad con la parodia, son inefables, están más allá del análisis.

Limpias humeantes, rezos subinspirados a los puntos cardinales, prepoesía de ignota procedencia, bastones de mando sobre nada…

Y los nuevos garantes de la Corte, arrodillados ante aquella fantasmagoría, la fantasmagoría de una supuesta pureza originaria, capaz de purificar, entendemos, nuestro podrido mundo moderno.

Yo no quiero excluir a nadie de la rica, variada, a veces trágica, diversidad étnica y cultural mexicana, pero esta oferta de superioridad ontológica de la religiosidad prehispánica, este simulacro caricatural de regreso a los orígenes, es sólo eso: una caricatura, una simulación, en el fondo una burla de los orígenes.

Quizá lo único auténtico que hubo en la referida ceremonia fue un acto fallido moderno, propio del humor de Freud, más que del horror sacrificial de Huitzilopochtli, o del inexplicado abandono de Quetzalcóatl.

Purificación llamó la Corte a su ritual.

De acuerdo. Quizá aquí está el verdadero toque de autenticidad, involuntaria, de la ceremonia, el mensaje subliminal, el acto fallido freudiano:

La nueva Suprema Corte gritó a los cuatro vientos que necesita purificarse, que sus miembros llegan impuros a la Corte, manchados por su complicidad con el fraude electoral, con el gran simulacro de la elección de los acordeones que los llevó al lugar en donde están.

La verdad, no hay invocación antigua que limpie esta mancha moderna del origen de la nueva Suprema Corte. Es una Corte ilegítima, nacida de un fraude, de una elección manipulada, que sólo pudo llevar las urnas a 13% de los electores.

No hay copal que quite el olor a podrido originario de la nueva Suprema Corte de México.