Donald Trump destruye instituciones y alianzas mientras busca obras para su vanidad y enfrenta graves crisis económicas y bélicas
Mientras impunemente destruye la más grande y antigua democracia en el mundo, justo cuando cumple 250 años de existencia, el presidente Donald Trump “disfruta construyendo” obras en su honor, de acuerdo al millonario Howard Lutnick, su secretario de Comercio, socio y cómplice en el abuso del poder presidencial para enriquecimiento personal.
El singular presidente, sin suficientes conocimientos a pesar de sus afirmaciones, de mal gusto, irrespetuoso y con un vocabulario vulgar, pletórico de insultos, nunca visto en un mandatario de Estados Unidos, reemplazó la elegante y exquisita decoración centenaria de la Casa Blanca con plastas de adornos dorados, letreros y exceso de cuadros y pinturas que cubren las paredes; destruyó el tradicional Jardín de las Rosas con una plancha de concreto.
Tras demoler la histórica Ala Este de la mansión presidencial con aval de la Suprema Corte de Justicia —contra otros dictámenes judiciales que exigían seguir procedimientos legales necesarios—, dice paradójicamente que “le gusta construir”.

Este es el presidente que cambia a su antojo el nombre del golfo de México y del lago Ontario, ordena brutales redadas de migrantes, suprime servicios de salud y estudios a las minorías o acusa a los demócratas y críticos de “comunistas” y hasta de “terroristas”.
Paradójicamente, en su deseo de imponer su nombre al Centro Kennedy para las Artes o construir un “Arco de Trump” en campos de golf, ha destruido la confianza y respeto en Estados Unidos e instituciones que este país ayudó a fundar, hizo perder el liderazgo global para la promoción de la democracia y solución de desafíos globales, un sueño de la desaparecida Unión Soviética que Vladímir Putin ahora disfruta.
Con argumentos inventados y falsas “emergencias”, Trump transformó a esta superpotencia —que durante décadas buscó la forma de mejorar la calidad de vida de su población, estimular y promover la cooperación para el desarrollo científico y tecnológico, combatir enfermedades epidémicas y el hambre, pobreza y desigualdad social o enviar ayuda de emergencia en casos de desastres naturales— para convertirla en símbolo de temor, preocupación e incertidumbre.
Con el cambio de políticas comerciales, chantaje, insultos y amenazas, o la implementación de medidas arbitrarias violatorias de convenios y tratados internacionales —como tarifas, guerras comerciales y ataques contra Irán—, gobiernos del mundo que consideraban a esta superpotencia como aliada comienzan a marcar distancia.
En una actitud valiente y decidida, que seguro inspirará a otros líderes mundiales, Mark Carney, primer ministro de Canadá, desafiando las amenazas de Trump, anunció que este martes entrarán en vigor tarifas del 50 %, por 20 mil millones de dólares, a importaciones de Estados Unidos, en respuesta a las impuestas previamente por Washington.
Esto ocurre en momentos en que la desconfianza e incertidumbre en el impredecible e impulsivo gobierno de Estados Unidos —cuyo apoyo en encuestas es inferior al 30 %— lleva a naciones europeas y asiáticas a tomar medidas de precaución, como la repatriación o traslado de toneladas de lingotes de oro que tenían en Estados Unidos como parte de su reserva monetaria.
Naciones como Francia, que trasladó 129 toneladas de oro, el 5 % de sus reservas, a Gran Bretaña; Holanda, que sacó 86 toneladas de oro de Estados Unidos para guardarlas en Londres; así como Líbano, que dejó solo 40 % de sus reservas; India, que tiene depósitos en diferentes países; Italia, que conserva solo 43 % en Nueva York, y Alemania, que ya solo tiene 36 % de sus reservas en este país.
Y es que amenazas como suspender la exportación de productos de los países con los que Estados Unidos tenga un mayor déficit comercial, si la Reserva Federal no reduce las tasas de interés, en lugar de buscar solución a los crecientes problemas que enfrenta, alimenta esos temores.
Muchos antiguos aliados de Washington temen que sus reservas de oro puedan ser castigadas o congeladas por razones políticas —como en los casos de Irán, Rusia y otras naciones— por una administración que ya no consideran confiable, que afirma que la economía de Estados Unidos “está en su mejor momento” cuando la realidad es totalmente diferente.
El tono del discurso y alcances de la ofensiva de la Casa Blanca generan también un creciente temor y ventas masivas de bonos del Tesoro por la presión que Trump ha ejercido sobre los presidentes de la Reserva Federal, Jerome Powell y ahora Kevin Warsh, para que reduzcan las tasas de interés artificialmente, lo que podría acelerar la inflación y generar otros problemas, solo para favorecer su interés político en la elección de medio término, que todas las encuestas señalan no le serán favorables y que podrían ser el fin de su aventura política.
Sin posibilidad alguna de solución en Irán —que podría prolongar el conflicto 6 meses más, de acuerdo a Leon Panetta, exsecretario de Defensa, exdirector de la CIA y exjefe de Gabinete de la Casa Blanca—, Estados Unidos y el mundo entero enfrentan mayor escasez y carestía de gasolina, gas, petróleo, alimentos, insumos y transporte a causa de la improvisada y mal planeada guerra contra Irán, que entró en su séptimo mes, aumentando la inflación y el riesgo de una recesión global, así como importantes cambios en el orden económico mundial, mientras Trump se enfoca en la forma de gastar recursos millonarios en obras para alimentar su vanidad.
Cada vez más nervioso y desesperado por el estancamiento en la guerra de Irán, que asegura “haber ganado” —aun cuando fuera de destruir equipo militar, perder vidas de soldados estadounidenses, gastar cuando menos 200 mil millones de dólares y tener pérdidas de sofisticado equipo que rebasan los mil 900 millones de dólares, no ha conseguido nada, excepto que Irán controlara y cerrara el estrecho de Ormuz—.
Al calor de la guerra y planteamiento de soluciones en tensa confrontación con Peter Hegseth, secretario de Defensa, renunciaron Dan Driscoll al cargo de secretario del Ejército y John Phelan, secretario de la Armada, por grandes desacuerdos, quizás por la purga de 20 distinguidos generales, el agotamiento del arsenal estratégico de misiles y el profundo impacto de la guerra en el presupuesto.
Reportes y documentos oficiales obtenidos por el diario británico The Guardian sobre la Armada de Estados Unidos revelan que, ante la falta de recursos, se están usando fondos de la nómina de unidades navales para cubrir el costo de las operaciones militares mientras se busca una solución con el Congreso.

Los problemas internos y externos para la administración Trump se acumulan sin posible solución a corto plazo, mientras se acerca vertiginosamente la elección de medio término en la que el presidente —sin autoridad constitucional en los comicios a cargo de los estados soberanos— trata de imponer nuevas reglas para impedir lo que, de acuerdo a las encuestas, será una aplastante victoria demócrata que lleve a Trump a enfrentar un tercer impeachment o juicio político, su destitución y juicios criminales en los que responda sobre su actuación, o a un golpe militar con más severas consecuencias.
