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El comercio entre los mexicas

EnriqueOrtiz

Enrique Ortiz GarcíaTlahtoani Cuauhtemoc

Incluso los grandes tianquiztli nahuas como el mencionado y el de Tenochtitlán contaban con tres jueves para resolver cualquier disputa, fraude, robo, riña y otros problemas

La importancia de los mercados y tianquiztli durante el periodo posclásico tardío mesoamericano (1200-1521) rebasaba el ámbito comercial hasta llegar a ser una obligación social y religiosa para los miembros de la comunidad de los diferentes altepeme. De acuerdo a las crónicas de los propios conquistadores, el mercado de Tlatelolco era visitad por 20 mil personas que buscaban abastecerse.

La maqueta del mercado de Tlatelolco en la sala Mexica del Museo Nacional de Antropología. Realizada por Carmen Antunez.

 

Incluso los grandes tianquiztli nahuas como el mencionado y el de Tenochtitlán contaban con tres jueves para resolver cualquier disputa, fraude, robo, riña y otros problemas. En sus pasillos se vendían diversas materias primas, bienes de primera necesidad, utensilios del uso diario y objetos lujosos, sumamente codiciados dentro de las grandes ciudades, incluidas las de la Triple Alianza: Tezcuco, Tlacopan y Tenochtitlan. Generalmente estos bienes eran traídos desde distantes provincias para ser manufacturados por los artesanos propios del centro de México.

Entre ellos se encontraban los bienes más valorados por los grupos nahuas: jade, plumas de quetzal y otras aves exóticas, semillas de cacao, oro, plata, vainilla, pieles de jaguar, hachuelas de cobre, caracoles marinos, ámbar, piedra verde y otros. Cabe mencionar que también se enviaban textiles ya elaborados de las regiones de Cuextlan, así como dijes, collares, bezotes hechos de oro de las regiones mixtecas realizados por diestros orfebres. Es evidente que estos objetos por su alto costo de traslado solo podían adquirirlos las clases altas que formaban las élites militares, sacerdotales y gobernantes de la Triple Alianza y sus aliados, por lo que su abasto no le era relevante a más del 80% de la población de Tenochtitlán, Tezcuco o Tlacopan.

A pesar de esta situación, estos bienes suntuarios cumplían con una función social sumamente importante ya que también eran usados a manera de recompensas para los guerreros que destacaban en las guerras de conquista impulsadas por el expansionismo militar mexica. Estos distintivos eran entregados en fastuosas ceremonias públicas donde el gobernante mexica agradecía la sangre derramada y el esfuerzo realizado por los guerreros. Tocados hechos de plumas de quetzal, bezotes hechos de turquesa y oro, collares de ámbar, piezas de concha, y narigueras de piedra verde eran usados cotidianamente por los guerreros sobresalientes, tanto en batalla como en las calles de Tenochtitlán con el fin de lograr una diferenciación social y hacer evidente que pertenecían a un estrato alto.

La deidad Yacatecuhtli, “el señor de la nariz”, patrono de los pochtecah.

 

El origen de estas riquezas lo podemos encontrar en la labor que desempeñaba los gremios de comercio de los pochtecah, quienes de acuerdo a investigador Ross Hassig, aparecieron después de la fundación de Tenochtitlán y Xaltelolco en el siglo XIV. Desde mi punto de vista esta tradición de comercio a larga distancia precede el establecimiento de la Triple Alianza pues ya era practicado por gremios ubicados en Azcapotzalco, Cholollan, Coixtlahuaca y otras importantes ciudades.

Conforme ambas ciudades obtuvieron su independencia de las huestes tepanecas en 1428, las élites guerreras, nobles y gobernantes empezaron a demandar una mayor cantidad de objetos de lujo, mercado que se fue ampliando al mismo tiempo que el “imperio” y el número de combatientes mexicas que participaban en las guerras floridas y de conquista. Para el Huey Tlahtoani una de sus prioridades eran tener contentos y satisfechos a la nobleza, capitanes y guerreros con el fin de evitar revueltas internas e incentivar la competencia dentro de la misma jerarquía militar. Esta era la importancia de objetos de lujo obtenidos por los pochtecah, pero, ¿quiénes fueron estos personajes?

La palabra pochtecah significa “habitante del barrio de Pochtlan” (localizado en el altepetl de Azcapotzalco) donde al parecer se estableció el primer gremio de mercaderes. Estos gremios no estaban conformados por comerciantes comunes y corrientes, sino tenían ciertas características que los hacía únicos al grado de ser apoyados directamente por los gobernantes de Tenochtitlán, tener sus propias deidades, así como autoridades y tribunales. Eran sociedades completamente autónomas con una complicada jerarquía que se dedicaban al comercio sorteando largas distancias para abastecer de artículos de lujo a las capitales de la Triple Alianza.

Organizaban grandes caravanas de cientos o incluso miles de personas incluyendo los famosos cargadores llamados tamemeh, quienes eran contratados para llevar sobre sus espaldas las objetos manufacturados que se intercambiarían en las remotas regiones por las lujosas materias primas demandadas en las grandes ciudades de la cuenca de México. Los cargadores usaban estructuras de carrizo llamadas cacaxtli sobre sus espaldas que estaban sujetas a través de un mecapal, un cinturón de fibra de ixtle que se colocaban sobre la frente. En aquellos años era fácil reconocer a un cargador debido a la carencia de pelo en la parte frontal de su cabeza. Dentro de estos armazones se colocaban las mercancías para ser transportadas. Sahagún comenta que cuando cruzaban provincias enemigas los pochtecha se armaban para defenderse de posibles ataques que buscaban robarles sus riquezas o por el simple hecho de ser invasores mexicas.

El peligro aumentaba después de que las caravanas abandonaban la guarnición militar Tochtepec (actual Tuxtepec) y se dirigían hacia la lejana provincia de Chiapan y Quauhtemallan o cuando se dirigían a la gran ciudad comercial de Xicalanco ubicada en la actual Laguna de Términos, la puerta de intercambio entre las tierras mayas y el altiplano central. Existen narraciones sobre una caravana de comerciantes que fueron sitiados y atacados durante cuatro años durante el gobierno de Ahuízotl (1486-1502). Fueron cercados por los guerreros de las poblaciones de Tehuantepec, Izoatlan, Xochitlan, Amaztecatl. El Huey Tlahtoani de Tenochtitlán enterado de esta situación mandó a uno de sus capitanes de confianza, el Tlacochcalcatl Motecuhzoma Xocoyotzin quien llegó para auxiliarlos con un fuerte contingente militar. Para su sorpresa los pochtecah en compañía de sus cargadores habían subyugado por sus propios medios el señorío de Ayotlan, rompiendo el sitio en que se encontraban.

A su regreso Ahuízotl los recompensó con gran cantidad de textiles de algodón, joyas y plumas preciosas, dándoles el mismo trato que a un grupo de guerreros victoriosos, llegando al grado de referirse a ellos como “tíos míos”.

Dicho Tlahtoani los tenía en un concepto de personas esforzadas, nobles y valientes, tomando en cuenta la información que le brindaban en cuanto a las rutas a usar cuando se iba a conquistar una provincia, el tamaño de los ejércitos enemigos, las defensas y los puntos de abastecimiento.

Es evidente que los comerciantes de este tipo también eran usados como espías mexicas, una especie de avanzada para sondear las provincias y ciudades que eran los próximos objetivos de la política expansionista de la Triple Alianza. Incluso existía un tipo de pochtecah llamado naualoztomeca quienes se especializaban en el espionaje, quienes utilizaban la vestimenta, el peinado, incluso conocían la lengua de los lugares que visitarían con el fin de que no fueran detectados como extranjeros, o peor aún miembros de la Triple Alianza.

Información como fortificaciones, caminos para llegar a una ciudad enemiga, población, recursos de la zona era compartida por estos espías con el Huey Tlahtoani, representante del Tlatoloyan, así como con el consejo supremo de gobierno. A este tipo de pochtecah se le conocía también por el nombre de quimichtin, que en náhuatl significa ratones, debido a su facilidad para ser discretos, silenciosos, y ágiles para espiar a los enemigos dentro de su propio territorio sin ser descubiertos.

Este gremio de comerciantes tenían sus propias deidades entre las cuales destacaba la más importante Yacatecuhtli, “el señor de la nariz”, quien domina los cuatro caminos. Antes de partir en una expedición, los pochtecah se perforaban los lóbulos de las orejas, piernas, lengua e incluso los genitales salpicando la sangre hacia los cuatro puntos cardinales, así como sobre unas tiras de papel que también mojaban con la resina oscura del ulli (Castilla Elastica) y las cuales eran consagradas a la misma deidad y amarradas a los distintivos bastones que usaban durante sus viajes.

También sacrificaban codornices, perros y otros animales, cuya sangre también era esparcida en dirección de los cuatro puntos. Una tradición que realizaban antes de emprender un nuevo viaje era raparse la cabeza y bañarse, pues no lo volverían a hacer hasta que regresaran a su ciudad sanos y salvos, y después de haber realizado su travesía con éxito. Se trataba de una especie de penitencia constante para las deidades que los protegían, solicitando regresar con vida, realizar intercambios comerciales benéficos y evitar bandas de ladrones.

Con el tiempos estos gremios amasaron grandes riquezas por lo que otros grupos en Tenochtitlán empezaron a resentir su presencia, principalmente los guerreros y los nobles. Estos grupos tampoco vieron con buenos ojos la cercanía que tenían estos grupos al gobernante, por lo que se decretaron medidas para que los pochtecah vistieran con humildad y recato, al grado que las expediciones que llegaban a la ciudad tenían que entrar a media noche para que nadie las viera. De la misma forma, los grandes banquetes que realizaban a su llegada para honrar a los dirigentes de su organización, pochtecah-tlatoque, se hacían por las noches, en la intimidad de sus casas y palacios.

Una de las grandes obligaciones que tenían por delante los comerciantes que habían tenido un viaje exitoso era compartir gran parte de las riquezas con su gremio en un banquete masivo. No se escatimaba en gastos, se compraban cientos de guajolotes y perros para consumo. Recordemos que en Tenochtitlán era más importante el reconocimiento, la reputación social que la acumulación de riquezas.

En estos convites que terminaban en la madrugada se consumía pulque y xocolatl en grandes cantidades, se degustaban hongos alucinógenos cubiertos con miel y se fumaba tabaco mezclado con liquidambar. También se regalaban textiles, alimentos, cacao y otras riquezas a los asistentes.

De esta forma vivían los esforzados pochtecha, sin buscar fama ni reconocimiento público, sin poder tener casas lujosas como fruto de su trabajo. Vistiendo humildemente para no causar el enojo de los guerreros y los nobles mexicas.

A pesar de esto, el mismo Huey Tlahtoani los trataba como sus hijos, teniéndoles mucha estima y cariño, obsequiándoles comida, mantas labradas y otros regalos. Sin embargo, cuando alguno de ellos actuaba de forma contraria, siendo presuntuoso y soberbio el mismo gobernante los citaban con razones falsas para batirlos y matarlos, sin culpa debido al odio que había generado su altivez a pesar del cariño que les tenía. Sin duda que este gremio logró grandes proezas, superando constantemente al peligro que acechaba en los caminos para llenar de riquezas a las ciudades de la Triple Alianza.

Enrique Ortiz García
Divulgador cultura y escritor
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