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Por razones que están en su ADN, las elecciones internas del Partido de la Revolución Democrática (PRD) se han caracterizado por ser ríspidas, irregulares y poco limpias. Al grado que dieron origen al neologismo chuchinero, que significa cochinero creado por Los Chuchos, corriente interna cuyo nombre oficial es Nueva Izquierda pero que se ganó tal remoquete porque dos de sus principales dirigentes llevan por nombre Jesús -Ortega y Zambrano, respectivamente, los dos últimos presidentes nacionales del partido.

Otros dos miembros destacados de Nueva Izquierda son, Guadalupe Acosta Naranjo, que fuera máximo dirigente interino en el 2008 a raíz de uno de estos procesos internos pestilentes; y el guanajuatense Carlos Navarrete, que se vislumbra como el nuevo presidente perredista, quien aprovechará el puesto para diversificar las actividades del instituto político que presidirá: además de partido político lo hará club de admiradores de José Alfredo Jiménez.

El pasado domingo el PRD celebró la fase previa a la votación máxima de su estructura al elegir a los consejeros nacionales, estatales y municipales, así como a los integrantes de su Congreso Nacional que convocará a la instalación del Consejo Nacional que emitirá la convocatoria a elección de presidente, secretario y demás posiciones del Comité Ejecutivo Nacional de este partido, que está más dividido que una pizza en la mesa de una familia numerosa.

Debido a los antecedentes que han generado que la sociedad perciba a las tribus o corrientes del PRD como infantes de jardín de niños a los que les gusta jugar con lodo, cuando está de por medio el poder interno, esta vez la jerarquía perredista encabezada por Jesús Zambrano tuvo la idea de poner sus comicios internos en manos del flamante Instituto Nacional Electoral (INE), que no es otra cosa que el antiguo IFE sólo que recién pintado, con nuevo logotipo y papelería. (Este cambio que le costó al erario 1,000 millones de pesos viene a confirmar que el chingamadral de dinero que el gobierno gasta en cuestiones relacionadas con la democracia es inversamente proporcional al valemadrismo que los mexicanos tenemos por dicha asignatura).

El caso es que, en parte para calar a la rutilante institución electoral y en parte para desmarcarse de cualquier asomo de suciedad que luego es magnificado por sus partidos competidores, el perredismo en pleno permitió la jurisdicción del INE en sus elecciones internas. En la noche del domingo los consejeros del INE, Ciro Nurayama y Pamela San Martín, la presidente de la Comisión de Prerrogativas y Partidos Políticos de la institución, en conferencia de prensa informaron que consideraban un éxito la jornada perredista al registrarse la instalación de 99.95% de las mesas receptoras.

Sin embargo, el lunes los periódicos informaron algunas irregularidades; hasta eso, una que otra y nada grave o mejor dicho: nada que no haya hecho antes el PRI. Hago aquí un catálogo de anomalías: se regalaron tarjetas de la Comercial Mexicana, Chedraui y Soriana; hubo sustracción y quema de urnas; reparto de despensas, de cemento y de electrodomésticos. La mayoría de las impugnaciones se concentran en el tema del padrón: se dice que Nueva Izquierda (NI) -Los Chuchos- maniobró para que se eliminara de la lista casi 50% de la militancia.

En Puebla se robaron dos paquetes electorales; en el Estado de México hubo broncas; en Guerrero quema de urnas; en Nuevo León amenazas de secuestro; en la delegación Gustavo A. Madero se reportó uso de armas de fuego.

Pese a todo, la de antier es considerada la elección interna más limpia en la historia del perredismo. Ya se imaginará usted cómo han sido las demás.

Ojo por ojo

Hoy más que nunca se cumple en mí el aforismo de “que nadie necesita más unas vacaciones que aquel que acaba de tenerlas”.

Regreso a estas páginas luego de un periodo vacacional que no fue tan provechoso como eran mis deseos al planearlo. Todo por culpa de un ojo. Mi ojo derecho que se me desconchinfló. No es peligroso pero requiere cuidado y terapia, me dice la neuróloga. Mi abuela decía: “No era nada lo del ojo y lo traía en la mano”.

En estos días he pensado en un juego que un humorista proponía en la revista española La Codorniz en los años 60:

El juego consiste en que los participantes se quiten, con ayuda del instrumento quirúrgico, las bolas de los dos ojos (cornea, retina, iris, pupila y cristalino). Una vez sacadas de sus cuencas, una persona de la servidumbre pasará con un plato hondo frente a los jugadores para que depositen en él sus respectivas bolas. Hecha esta operación el empleado doméstico revolverá, a discreción, las bolas dentro del plato. Ya revuelta en el plato, éste se pone en una mesa de manera equidistante y frente a los jugadores. A la cuenta de tres todos los participantes corren hacía el plato en busca de las bolas de sus ojos, las cuales deben de encontrar y meter en su respectiva cuenca. Obviamente gana el primero en hacerlo. Aquel jugador que se ponga las bolas de sus ojos al revés o en la cuenca equivocada queda descalificado.