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Cuando el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin, dice que un dólar débil es benéfico para la economía de su país, lo hace desde la perspectiva del experto en finanzas que es y calcula el impacto que puede tener en el terreno comercial, tal como lo quiere su jefe.

No parece importarle tanto si se trata de un misil financiero digno de una guerra de divisas.

Pero cuando el propio presidente de Estados Unidos corrige a su secretario del Tesoro y dice que realmente lo que quiere es un dólar fuerte, lo hace desde la parte más alta de su ego, donde concebir algo como débil debe turbarlo enormemente.

Clamar por un dólar débil, como lo hizo Mnuchin, junto con la decisión de imponer aranceles a las lavadoras de ropa y páneles solares son parte de una estrategia que parecía comandada por el propio presidente estadounidense para usar los reflectores del Foro Económico de Davos para declarar una guerra comercial.

Era como parte de un guión en donde estaba garantizado el espectáculo del discurso de hoy en Davos en el que Trump diría que le importa poco lo que piense el mundo, que lo suyo es mantener su política de America First.

Pero ahora resulta que ante los ojos del mundo lo que hay es un presidente que no es capaz de controlar a los suyos y que tiene que ir hasta ese paraje alpino de Suiza para corregir a su secretario del Tesoro.

No es simplemente una nota anecdótica donde el jefe regaña en público a su subordinado. Hablamos de un episodio que ha movido miles de millones de dólares en los mercados. Porque Mnuchin apreció las monedas del mundo, incluido el peso mexicano, y Trump las devaluó.

Los mexicanos sabemos de lo que es capaz Trump con sus palabras o con sus tuits, pero el mundo no tenía tanta claridad de este caos que se contagia con tal facilidad a los mercados.

Hoy, que Trump se pare frente al mundo político y financiero reunido en Davos y eleve su voz y defienda sus posturas populistas y proteccionistas, esos líderes lo verán de reojo y se preguntarán sobre sus capacidades ejecutivas en el gobierno del país más poderoso del planeta.

Trump y Mnuchin juegan con el dólar como si se tratara de una moneda emergente que se puede manipular al gusto de un gobierno bananero. No parecen dimensionar que tienen bajo su responsabilidad a la principal divisa de reserva del mundo y que sus movimientos pertenecen más al flujo de capitales que al deseo de vender coches baratos hechos en Detroit.

Han sido un par de días de caos en los mercados por estas dos declaraciones arrogantes que reflejan la impericia del gobierno de la Casa Blanca.

¿Debería quedarse en el puesto de secretario del Tesoro alguien que provocó estragos en los mercados financieros mundiales y después fue corregido en público por su jefe?

Está claro que el presidente Trump tiene más el ánimo de vendedor que de estadista y que él mismo está convencido de que un dólar débil le conviene para sus planes nacional-populistas. Pero tras ver la debilidad del dólar luego del efecto Mnuchin, seguro que no pudo resistir ver cómo esos billetes verdes que tanto le gustan se devaluaban y su ego disparó.

El gobierno de Trump volvió a demostrar su incompetencia, sólo que ahora se llevó a los mercados del mundo entre las patas.