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El gobierno que hemos padecido estos años no admite ninguna calificación seria como gobierno de izquierda. Es un champurrado de populismo pobrista y autocelebración como gobierno del cambio.

Pero ellos mismos y la prensa, para evitarse problemas analíticos, se llaman de izquierda, de la cual sí poseen un rasgo, uno de los peores: las ínfulas de superioridad moral. Ellos son los honestos, los otros son los corruptos; ellos son los patriotas, los otros los traidores.

También tienen como falda protectora de la izquierda la canonjía mental enunciada por Savater: son juzgados por sus intenciones, no por sus resultados.

Salvo en el orbe socialdemócrata europeo y sus pares de otras latitudes, la izquierda no ha producido sino opresión, pobreza, guerras y crímenes de Estado.

Pienso en la URSS, China, la Europa del este comunista, Corea del Norte, Vietnam, Rumania, Cuba, Venezuela, Nicaragua.

Hay quienes defienden hoy en muchas partes del mundo la limpieza de las intenciones, devenidas ergástulas de aquellos asaltos al cielo con aterrizaje en el infierno, de las izquierdas que en el mundo han sido.

Bajemos del mundo de las intenciones buenonas de nuestra izquierda en el gobierno.

¿Qué resultados tenemos? Tenemos 800 mil muertos en la pandemia de covid, 186 mil homicidios, 50 mil desaparecidos, cuatro años menos de esperanza de vida.

Tenemos el país con mayor presencia del crimen organizado en el mundo de acuerdo con la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional, siete de las 10 ciudades más peligrosas del mundo, el país más peligroso en zona de paz para ejercer el periodismo.

Tenemos 50 millones de mexicanos excluidos de la salud pública, 1% de crecimiento anual promedio, 9 millones de pobres extremos, duplicación de la riqueza de los más ricos, apagones planeados como culminación de una política eléctrica nacionalista, la empresa petrolera más endeudada del mundo.

Tenemos el lugar 126 de 180 de acuerdo con el Índice de Percepción de la Corrupción que publica Transparencia Internacional.

Y tenemos una elección de Estado cuya legitimidad ya está dañada por la intromisión presidencial, por la compra oficial del voto público y por las intervenciones del crimen.

Este arroz ya se pudrió. Venía podrido desde antes.