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Con sorpresa, luego con tristeza, he acudido en los últimos días a la crítica de un personaje público a quien conozco de cerca desde hace más de 20 años.

Hablo de Eduardo Medina Mora, actual candidato a la Suprema Corte y embajador en Washington, antes embajador en Londres, antes procurador general de la República, antes secretario de Seguridad Pública, antes primer director del Cisen de la alternancia democrática.

Lo que leo contra Medina Mora se corresponde con su imagen pública como funcionario. No se corresponde sin embargo, en absoluto, con la persona que conozco y he tratado estos años.

Las acusaciones a Medina Mora aparecen en las palabras de sus críticos en vecindad con la caricatura, cuya índole, como se sabe, es exagerar hasta la irrealidad rasgos reales.

Acusan a Medina Mora de impugnar demasiadas veces a legislaturas estatales por leyes locales que contradicen la Constitución, de haber detenido y no haber podido probar la culpabilidad de 34 alcaldes michoacanos coludidos con el narco, de haber violado derechos humanos en intervenciones policiales en Atenco y Oaxaca, de haber encarcelado a mujeres indígenas por falsos cargos de secuestro de policías, de haber sido agente activo de la guerra contra el narco del presidente Calderón.

Todas estas acusaciones son debatibles. Creo que Medina Mora podría rebatir unas y explicar otras. Tengo en mi poder respuestas suyas a todas estas cosas. Pero no soy yo, sino Medina Mora, quien debe hacer públicos sus alegatos. No discuto con sus críticos, muchos de ellos tan respetables y cercanos a mí como el propio Medina.

Quiero solo añadir al debate mi testimonio de 20 años de trato con Medina Mora: la naturalidad sostenida de su inteligencia y su integridad, su calidad como ser humano, como jefe de familia y como profesionista, como hombre de responsabilidad dispuesto a asumir riesgos bajo la convicción de que su trabajo puede hacer una diferencia en la vida pública: lo que entendemos, en buena ley, como sentido del Estado.

Este es el Eduardo Medina Mora que conozco. Quiero dejar constancia de él.  

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