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Aunque sucedió en el ya lejano jueves de la semana pasada y los medios le dieron relevancia de cosa menor debido a que la atención noticiosa la acapararon las amenazas, de parte del ogro anaranjado, de enviar tropas a México y de apoderarse, a como dé lugar, de Groenlandia. Es de mi consideración que a pesar de éstas dos muestras del espíritu bélico del demente del norte, bien vale la pena comentar la desvalorización del Premio Nobel, a través de una comedia de situaciones que deja a la diplomacia internacional a la altura del intercambio de estampitas en el recreo.

María Corina Machado, decidió que el protocolo de la Fundación Nobel es una simple sugerencia opcional. En su reciente y humillante visita a la Casa Blanca —entró por una puerta lateral, sin prensa, sin ceremonia, sin formalidad— la líder opositora venezolana le entregó a Donald Trump su Premio Nobel de la Paz; ese premio que, por definición legal y ética, es tan intransferible como un cepillo de dientes o el sentido del ridículo.

Trump, ese “guerrero por antonomasia” cuyo concepto de “paz” es construir muros y bombardear lanchas antes del desayuno, no tardó en presumir el botín: “María me presentó su Premio Nobel de la Paz por el trabajo que he realizado. Un gesto maravilloso de respeto mutuo”, declaró el magnate con la misma naturalidad con la que alguien acepta una suscripción gratuita a una revista que no piensa leer.

Hay que reconocerle a María Corina un talento muy grande y una gran capacidad para devaluar un premio histórico en tiempo récord: ha hundido el Nobel de la Paz en el fango de la irrelevancia. Al entregarlo como si fuera un regalo de los llamados “roperazos”, Machado no solo ha humillado su propia trayectoria, sino que ha convertido la medalla en un accesorio de bisutería política.

Ver a Donald Trump presumiendo un Nobel de la Paz es como ver a una hiena luciendo una medalla al mérito vegano. Es el absurdo elevado a la enésima potencia. Trump, un hombre que entiende la política exterior como un episodio de The Apprentice donde el que no aplaude queda despedido, ahora se siente validado por un premio que no ganó, le fue entregado por alguien que no tenía derecho a cederlo.

Para Trump, el gesto es “maravilloso”. Claro, para un hombre que colecciona artículos dorados y elogios con la misma voracidad con la que consume hamburguesas y crea conflictos, un Nobel (aunque sea de segunda mano) es un trofeo definitivo. No importa que el comité en Oslo sufra un infarto colectivo; en el universo de Mar-a-Lago, Trump ya es, oficialmente, el Premio Nobel de la Paz. Una paz ruidosa y cuestionable.

Para la oposición venezolana, este hecho significa un acto de autodestrucción estratégica. En su afán por lamer las botas del poder en Washington, Machado ha sacrificado el poco prestigio político obtenido. Al regalar el Nobel, ha mandado un mensaje claro: “Mis principios y mis reconocimientos están en oferta si eso me garantiza una foto con Donald en la Oficina Oval”.

El resultado es una confusa parodia, la señora Machado pierde la oportunidad de mostrarse al mundo como estadista para convertirse en una fan entusiasta de los Anaranjados de Washington; el Premio Nobel queda abaratado a nivel corcholata; y los habitantes del planeta nos quedamos con la percepción de que la política sólo es un reality show de pésimo gusto.

Al final de la comedia, Trump tiene una medalla nueva para decorar su vitrina de vanidades, probablemente colocada junto a su retrato más grande, Machado recibió una palmadita del magnate en la espalda, y Venezuela observa cómo los líderes juegan a las estampitas con la historia, mientras el país sigue esperando algo que se parezca, aunque sea de lejos, a una solución real.

Punto final

Paz por decreto, María Corina aplaude; Trump sonríe; incrédulo, el mundo se sorprende