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El año que termina estuvo marcado por las protestas callejeras. Estas sucedieron en una constelación de países que no necesariamente tienen algo en común: Argelia, Bolivia, Colombia, Chile, España, Francia, India, Líbano, Hong Kong, Italia, Venezuela, Rusia, Sudán…

¿Nada en común? Sociedades enojadas y con energía suficiente para retar al poder o a los poderosos. Los focos de agitación incluyen ciudades ricas como Barcelona, Hong Kong y París. También ciudades llenas de contrastes y hartas de escuchar la renovación de promesas no cumplidas: Argel, Beirut, Bogotá, Caracas. La Paz y Santiago.

Octubre fue el mes mas activo en movilizaciones, seguido de noviembre. Se podría decir que en esas ocho semanas un impulso recorrió el mundo. Es inevitable la comparación con la Primavera Arabe del comienzo de esta década o con las rebeliones anticomunistas de 1989. Las comparaciones valen, pero lo del 2019 no ha terminado. No sabemos qué pasará con toda esta energía.

¿Por qué el enojo? Por qué no, podríamos preguntar. La vida cotidiana es muy dura mientras que la idea del futuro se ha ensombrecido. Hay molestia por la corrupción y una sensación generalizada de que las oportunidades están mal repartidas. La agenda de las protestas incluye democracia, justicia económica, medio ambiente, equidad de genero, derechos digitales. La toma de las calles se nutre de la convicción de que es posible hacer las cosas de otra forma. Las elites políticas y económicas no han encontrado la forma de conversar con los inconformes. Hay veces que no lo han querido.

América Latina tiene un lugar destacado en el mapa de las protestas, junto con Europa y Medio Oriente. Un presidente de la región fue destituido, pero las manifestaciones que se llevaron los reflectores continentales fueron las de Chile. Allí, los movimientos han puesto en jaque un modelo que hasta hace poco se consideraba un caso de éxito. Los avances sociales y económicos no fueron suficientes, en buena medida por su incapacidad para abatir la desigualdad. En Chile se ha abierto la discusión por una nueva Constitución, mientras que una segunda ola de protestas de mujeres consiguió globalizar un estribillo: hay un violador en tu camino.

¿Cómo definir el tipo de protestas que ocurrieron en el 2019? Se trata de manifestaciones masivas que carecen de líderes fácilmente individualizables y que no caben en nociones tradicionales del tipo derecha o izquierda. De un lado a otro se trasmiten tácticas y símbolos, por ejemplo el empleo generalizado de máscaras. Las redes sociales son el vehículo principal de difusión y en la mayor parte de los casos no fueron encabezadas por dirigentes de partidos políticos. El uso intensivo de las redes sociales explica la rapidez con la que se posicionaron los mensajes de protesta. Las redes no resuelven, en cambio, la forma de pasar de las protestas a las propuestas.

Las chispas que prendieron al fuego fueron diferentes. En Chile, un alza de 3% al transporte público puso en marcha una protesta contra la desigualdad. En Bolivia, el intento de perpetuarse el poder de Evo Morales. En Colombia, el paro nacional fue la respuesta a una reforma fiscal y tributaria. En otros continentes encontramos otros detonadores. Una ley de extradición a China encendió Hong Kong. En Líbano, fue la propuesta de un impuesto al whats app lo que empezó las protestas. Para India fueron nuevas reglas de ciudadanía y migración.

Media docena de protestas terminaron con el destronamiento de jefes de Estado: Evo Morales, en Bolivia; Abdelaziz Bouteflika en Argelia; Omar Al Bashir en Sudán; Saad al Hariri en Líbano; Adel Abdul Mahdi en Irak. En todos los demás casos, el desenlace está en puntos suspensivos, pero podemos apostar porque vendrá una nueva temporada de protestas en el 2020. La película continuará en los países donde ya comenzó, pero quizá se ponga en movimiento en lugares que vivieron el 2019 como espectadores de las protestas ajenas. Nadie sabe dónde y cuándo comenzará la próxima, por eso no podemos descartar ningún lugar. Esto incluye México, además de decenas de otros países. Corrupción, desigualdad y líderes insensatos hay en casi todos lados. Lo mismo que enojo por la dureza del presente y lo amenazante del futuro.