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En septiembre del año pasado, en pleno romance de transición entre el gobierno saliente y el entrante, el hoy presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que su antecesor, Enrique Peña Nieto, no le heredaba un país ni con crisis política, ni con crisis financiera.

Para ese momento sus expertos en materia económica ya habían metido las manos hasta el fondo en la condición financiera del país, porque ya elaboraban el Paquete Económico de este año. Así que la referencia debió haber sido con conocimiento de causa.

Y si bien ese diagnóstico del presidente López Obrador no fue del todo acertado, porque la verdad el gobierno pasado le dejó Pemex prendido de alfileres, la realidad es que no había margen en ese momento, ni ahora, para culpar a los que ya se fueron del deterioro económico que empieza a notarse.

La ventana de oportunidad para echarle la culpa al de atrás se empieza a cerrar conforme avanza un gobierno.

La jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, le sigue echando la culpa por los altos niveles de inseguridad actuales de la capital a los que se fueron hace ya casi tres meses. Lo cual funciona muy bien para el discurso político, pero preocupa a los que padecemos la actual ola de crímenes en la ciudad.

Y con la economía el gobierno federal de Andrés Manuel López Obrador conserva algún margen para traspasar los malos resultados, pero conforme avanzan los días se cierra esa ventana de oportunidad, porque los datos que van surgiendo tienen ya que ver con su tiempo y sobre todo con sus decisiones.

Es sabido que el presidente tiene siempre “otros datos”, pero los que recién conocimos del desempeño del Producto Interno Bruto (PIB) corresponden a una fuente oficial y dejan ver que la economía ha iniciado un proceso de desaceleración.

El magro crecimiento del cuarto trimestre del PIB de 0.2% en términos reales frente al trimestre inmediato anterior y, sobre todo, el dato de baja en el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) de diciembre con -0.4%, hablan de un freno que sin duda se habrá extendido a este inicio del año.

Si los resultados económicos al inicio de este año arrancan eventualmente en el terreno negativo, va a ser muy difícil que pueda cumplirse la expectativa que tiene el presidente de crecer a 2.5 por ciento.

Eventualmente, podrían estar más cerca esos analistas conservadores que mantienen pronósticos más cercanos a 1% de crecimiento del PIB para todo este año.

No hay dentro de la economía mexicana motores claros de impulso económico. El diseño del gasto social no parece encaminado a propiciar una dinámica de productividad. La creación de infraestructura sufrió un duro revés, al menos para este año, con el freno de la construcción del aeropuerto de Texcoco. Y tampoco hay muchos incentivos para la inversión privada.

Y en el exterior hay focos amarillos del tamaño de la guerra comercial entre Estados Unidos y China o el futuro del Brexit, que pueden girar hacia arreglos satisfactorios que vuelvan a impulsar la economía global. O bien hacia la oscuridad total.

Pero no hay duda, la primera escala de la reacción gubernamental ante los datos económicos que vienen será voltear al pasado para responsabilizar al neoliberalismo de lo mal que dejaron la economía nacional.