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“Gone with the wind” es una novela maravillosa cuya mayor desgracia es haber servido de base para una película maravillosa. Todo mundo ha visto, “Lo que el viento se llevó”; pero nadie ha leído las 984 páginas de la novela de Margaret Mitchell.

El personaje de esa novela es el racismo. No su condena, su existencia.

Quienes creyeron colmada la obra civilizadora de Abraham Lincoln y sus leyes abolicionistas, pueden ver fracasado el empeño muchos años después.

Si bien la esclavitud encadenada allá no existe más, ni siquiera para los indocumentados quienes viven la extraña libertad de los bajos salarios, el miedo y la deportación, el sustento “moral” de la esclavitud (más bien inmoral), sigue estando vivo. A pesar de la presidencia de Obama: el negro es inferior. Ya vimos en péndulo.

Hay una parte en la novela donde eso queda muy claro. Los esclavistas sureños nunca comprendieron la guerra de secesión. La asumieron, tras la derrota; como una conquista yanqui, cuyas consecuencias emancipadoras degradaron al país. Y así lo han ido transmitiendo a sus descendientes.

“…los negros, borrachos, insultaban a todo mundo, en plena calle. De noche, incendiaban las granjas y las casas; de día robaban los caballos y los corrales. Se cometían toda clase de crímenes y sus autores quedaban casi siempre impunes… sin embargo tales infamias no eran nada en comparación con el peligro al que estaban expuestas las mujeres blancas, gran número de las cuales, privadas por la guerra de sus naturales protectores, vivían solitarias en el campo… fue la gran cantidad de atentados perpetrados contra las mujeres, y el deseo de sustraer a sus esposas y a sus hijas de este peligro, lo que exasperó a los hombres del sur decidiéndoles a fundara el Ku-Klux-Klan. Y los periódicos del norte, se pusieron a vituperar a esta organización porque operaba de noche…”

Pero más allá de esta pretendida explicación feminista en el origen del Klan, hay otras cosas en el libro de Mitchell:

“…hay que reconocer, no obstante, en descargo de los negros, que hasta en los menos inteligentes, muy pocos obedecían a malos instintos, o a un sentimiento de rencor, y los que sí obraban habían sido considerados siempre, y hasta en los tiempos de la esclavitud, negros peligrosos… ahora los antiguos esclavos dictaban la ley y, con la ayuda de los yanquis, los menos recomendables y los más ignorantes, eran los cabecillas…

“…los negros aún no habían obtenido el derecho al voto, pero el norte estaba decidido a concedérselos, y hacer de suerte que sus votos le fueran favorables. En tales condiciones ningún mimo era demasiado para los negros… miles de servidores negros que formaban la casta más elevada entre los esclavos, permanecían fieles a sus dueños y se rebajaban a hacer trabajos que en otro tiempo hubieran considerado humillantes…”

Obviamente la guerra americana terminó hace muchos años, pero hoy no se trata de esclavismo o libertad. Se trata de un concepto arraigado en el fondo de la conciencia americana: la inferioridad del negro, a quien se le concedieron derechos civiles como botín de guerra. En el fondo todo fue un problema entre el norte con ansias industriales y el sur feudal creyendo para toda la vida en un paraíso de algodonales.

Hace tiempo visité en Atlanta la casa de Margaret Mitchell ( reconstruida por sucesivos incendios deliberados). Las enormes ventas de sus libros, sirvieron hasta para ayudar en la fabricación del barco de guerra U.S. S. Atlanta. Su obra monumental, a pesar de su orientación sureña y racista, es notable porque nos ha legado imágenes perdurables.

La lucha por los derechos civiles no ha sido suficiente en Estados Unidos. Rodney King o este desgraciado George Floyd, asesinado a plena luz del día, en un estado del norte, con las antorchas del Klan encendidas en los ojos de un policía zafio y cobarde, quien ya había sometido a un hombre desarmado.

Hace meses, cuando en Ferguson, Mo, otro policía asesinó a tiros por la espalda a Michael Brown cuyo botín fue un paquete de de cigarrillos, Barack Obama les dijo a los periodistas, “en otro momento, ese joven negro pude haber sido yo”.

Y ese policía pudo haber sido, Donald Trump, si nos atenemos al infinito laberinto de las cosas y las causas.

La educación americana no ha creado conciencia sobre aquel mandato bíblico de su constitución por el cual todos los hombres somos iguales. Nunca tendrá la Casa Blanca ni siquiera un muro negro.