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¿Cuánto costó la manifestación del sábado por los siete años de gobierno de Morena?

Dicen haber movilizado a 500 mil. Si cada movilizado costó mil pesos, entre traslados de sus lugares de origen, hospedaje en la Ciudad de México, comida, refrescos, gorras, banderas y pendones, lo del sábado habrá costado 500 millones de pesos.

Digamos que la mitad vino por sus propios medios, con su propio dinero, sus propias tortas, gorras, refrescos y pendones. La cosa habría costado entonces 250 millones.

Estas cifras rancheras son muy altas para dispendiar en un día. Pero hablan de la compra de una mercancía de primera necesidad para el gobierno: la mercancía que prueba su apoyo popular.

No le basta al gobierno el poder que tiene, necesita que ese poder sea desplegado en las calles como un apoyo disponible y popular.

Usan entonces el poder y el dinero que tienen para armar una fiesta, diseñada desde arriba, para celebrarse a sí mismos.

Nada nuevo bajo el sol. Las fiestas no se organizan solas. El pueblo bueno necesita diseño y apoyo gubernamental para decir en las plazas lo que de verdad piensa y siente.

El pueblo bueno sólo pide traslado, organización, hospedaje, gorras, banderas, y algún estipendio minúsculo, tan minúsculo que es mezquino cuantificarlo.

¿Para qué quiere el poder esta muestra de adhesión multitudinaria? ¿Por qué decide el gobierno inducirla y pagarla?

Un gobierno tan fuerte en las leyes y en la política de todos los días, capaz de someter a sus pares y a sus adversarios, ¿necesita también esta fiesta en la plaza pública?

Sí. Tiene necesidad política de mostrar su fuerza y necesidad psicológica de autocelebrarse. Y quiere que se noten las dos cosas: la grosería y la eficacia del acarreo.

¿Cuánto vale este refrendo pagado del pueblo en la plaza pública?

Al parecer vale mucho, como demostración de fuerza; mucho, también, como satisfacción de una necesidad psicológica del poder: probarse que puede llenar a dedo plazas que nunca se llenarían solas.

En el fondo de la demostración de poder que hay en la plaza llena, puede sentirse una fisura de duda sobre la popularidad verdadera del poder que la llenó.