Minuto a Minuto

Entretenimiento Subastan el piano y micrófono de Freddie Mercury
El piano y el micrófono de Freddie Mercury, vocalista de la legendaria banda británica Queen, así como los borradores iniciales de sus composiciones, saldrán a subasta el 1 y 2 de octubre
Nacional Fuerte lluvia causa inundaciones en la Zona Metropolitana de Guadalajara, Jalisco
Una fuerte lluvia azotó la tarde-noche del sábado 22 de agosto de 2026 la Zona Metropolitana de Guadalajara, Jalisco
Economía y Finanzas La apuesta por profesionalizar el trabajo independiente en México
La startup mexicana busca atender a un mercado de 15.7 millones de trabajadores independientes con una plataforma que integra vinculación con empresas, pagos protegidos, herramientas de gestión, capacitación e IA
Nacional Congreso de Sinaloa analizará el domingo 23 de agosto segunda licencia de Rocha Moya
El Congreso de Sinaloa analizará este domingo 23 de agosto la segunda solicitud de licencia del gobernador Rubén Rocha Moya
Ciencia y Tecnología Oura Ring 5 apuesta por la salud 24/7 con un diseño más pequeño y nuevos sensores
El Oura Ring 5 llega a México y Latinoamérica con un diseño 40% más pequeño, nuevos sensores y hasta nueve días de batería. Busca hacer más accesible el monitoreo continuo del sueño, actividad, estrés y otros indicadores de salud

Comunico a mis amables lectoras y estimados lectores que sigo en Estambul en el Congreso de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC). Las jornadas son pesadas y algunos de los ponentes también. Como el tiempo está apretado, aprovecho unos minutos para contar una anécdota referente al afamado dos de octubre que escribí en este espacio hace 13 años.

Tenía yo 22 años cuando estalló el conflicto estudiantil. Al respecto escribí, con la arrogancia y el analfabetismo político que por entonces padecía: “Para mí la vida —y por ende la política y todo lo demás— sólo tiene un sentido: Sentido del humor”. Juan Trigos el más culto de mis amigos, me calificó de nihilista. Me quedé pensando el significado de la palabra, para mí desconocida. Recurrí al diccionario: “Nihilista es la persona que no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio ni artículo de fe”. Me identifiqué con la definición. Hice mío el concepto. La neta: el movimiento estudiantil me valió madres.

Pese a mi indiferencia, tengo recuerdos e impresiones que no olvido. Al grupo bohemio que nos reuníamos en un departamento, nos pareció más impactante, desde el punto de vista creativo, el movimiento de París que se había generado en mayo y que estaba en plena ebullición cuando comenzó, en julio, el de México. Los graffiti plasmados en las paredes parisinas nos parecían geniales. Una noche que hablábamos de ello, provistos de un plumón Andrés De la Garza —mi hermano mayor— y yo pintarrajeamos con aforismos, frases y leyendas las paredes del departamento. Por más que trato de acordarme de algo de lo escrito sólo viene a mi memoria una frase que se me ocurrió: “El Cueto de nunca acabar”. (Una de las consignas del movimiento era la renuncia de los jefes policiacos Cueto y Mendiolea). No se si fue esa madrugada u otra semejante cuando, al dirigirme a mi casa, en la calle de Bucareli paré mi auto para que pasaran cinco tanques del Ejército. Sentí ñáñaras.

La tarde del 2 de octubre, en la oficina de la agencia de publicidad en la que trabajaba —Hamburgo y Copenhague, Zona Rosa— escuchamos lejanos y claros tableteos —20 o 30—, de ocho o 10 disparos cada uno, de ametralladoras o rifles de repetición o como se llamasen esas armas que nos causaron pavor.

Juan Trigos, el único de mis amigos que, aunque pasivo, fue partidario del movimiento, una noche, entre el 2 y el 12 de octubre, lo puedo precisar porque aún no empezaban los Juegos Olímpicos, que andábamos de bar en bar —la ciudad era una fiesta— me propuso: “Vamos a Tlatelolco” “¿Para qué?” —pregunté.. “Nomás. A ver cómo quedó. A ver que hay”. Y fuimos. Entramos por la calle del cine del mismo nombre y al dar la vuelta, encontramos unos soldados, con ellos un jeep y una tanqueta. Al verlos, aminoré la velocidad del coche. El motor se apagó. Por esos días traía muy bajo el acumulador y mal el generador. “Ni modo” —le dije a Juan. “Vamos a empujar los dos, así el auto sale”. No era la primera vez que pasaba. Lo empujamos, me subí al volante metí primera, saqué el clutch y nada. Hicimos otro intento no sin antes percatarnos de lo cerca que estábamos de los soldados. Empujamos, me subo, pongo primera, sacó el clutch y nada. Ahora sí estábamos enfrente de los soldados. Tres de ellos vinieron en dirección nuestra. No sé a Juan pero a mí se me cayeron las nalgas. “Súbanse al coche” —ordenó uno de ellos y con mucho gusto y presteza lo obedecimos. Los tres verdes empujaron. Dejé que se encarrerara el vehículo, metí primera saqué el clutch: el motor respondió. A señas nos despedimos de los amables sardos y no paramos hasta un cabaret de la calle Guerrero, por cierto se llamaba —cómo se me va a olvidar— El Olímpico.