Donald Trump: un año de odio y estupidez


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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

El próximo sábado se cumplirá un año de que arribó a la Casa Blanca el 45º presidente de los Estados Unidos, el magnate Donald Trump, del que el periodista Michael Wolff, en su controvertido libro Fuego y Furia, cuestiona su salud mental, así como pone al descubierto los problemas internos por los que atraviesa el gobierno del millonario de color anaranjado.


El próximo sábado se cumplirá un año de que arribó a la Casa Blanca el 45º presidente de los Estados Unidos, el magnate Donald Trump, del que el periodista Michael Wolff, en su controvertido libro Fuego y Furia, cuestiona su salud mental, así como pone al descubierto los problemas internos por los que atraviesa el gobierno del millonario de color anaranjado.

Decir que al magnate del colapsado copete rubio se le van las cabras no es nuevo. Antes de que lo escribiera Michael Wolff, ya había reparado en ello la psiquiatra Bandy X. Lee, profesora de la Escuela de Medicina de Yale, quien a la cabeza de un grupo de 27 especialistas en salud mental pidieron, el pasado mes de octubre, que se le realizara al mandatario un examen psicológico; “es peligrosamente inestable y a veces su comportamiento resulta violento”, argumentaron.

A la sospecha sobre el cruzamiento de cables en su cabeza, Trump reaccionó manifestando: “Soy un genio muy estable”. La expresión la publicó a través de su cuenta de Twitter, su herramienta favorita para comunicarse con sus gobernados y con el resto del mundo. Se calcula que en el tiempo que lleva al frente del gobierno estadounidense ha escrito dos mil 300 tuits, los temas recurrentes de éstos han sido: los fake news (noticias sobre su persona, familia o manera de gobernar que él considera falsas) y Corea del Norte (sus pugnas con Kim Jong sobre quién lo tiene más grande —el botón nuclear—).

También los 140 caracteres le han servido al peligroso ególatra para criticar a Barack Obama, a Hillary Clinton, para atacar a los musulmanes por el hecho de serlo, y, sobre todo, para arremeter contra México y los mexicanos y amenazar, obsesivamente, con la construcción del muro fronterizo que, según él, nosotros pagaremos. (Pero si no pagamos la Tarjeta American Express ya parece que vamos a pagar una pinche pared).

En estos 12 meses que se cumplirán el sábado, el misógino multimillonario ha tratado a su equipo de colaboradores como si estuviera en su reality de televisión El Aprendiz, donde cada semana se deshacía de uno de los concursantes con la frase que se hizo famosa: “Estás despedido”. Así despidió al jefe de gabinete, Reince Priebus; a su consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn; al director de Comunicación, Anthony Scaramucci; al vocero Sean Spicer; al estratega en jefe Steve Bannon; y a la consejera Kellyanne Conway. Pero si las destituciones de sus seis colaboradores en tan poco tiempo denotan una mentalidad voluble, por decir lo menos, los motivos por los que fueron relevados en sus puestos algunos de ellos, según escribió Michael Wolff en Fuego y Furia, denotan una personalidad infantilmente caprichosa. A Reince Priebus lo despidió por su baja estatura; rechazó a Spicer y a Bannon porque no le gustaba su forma de vestir; de la consejera Conway se deshizo por sus constantes lloriqueos. En renglón de ceses tiene que considerarse la destitución fulminante del director del FBI, James Co-me-y-(te vas) quien investigaba la conexión del presidente estadounidense con Rusia.

También en su primer año de gobierno, el opulento neoyorquino no ha querido, o no ha sabido, gobernar para todos los estadounidenses y abandonar su excluyente tono de campaña; no hay día en que no elogie a sus partidarios y vilipendie, con sus discursos de odio, a los que considera sus contrarios. Una reciente encuesta del Washington Post reveló que la división en la sociedad estadounidense ya alcanzó el alto nivel que tuvo durante la guerra de Vietnam. Esta fractura no augura nada bueno para la administración Trump ni para Estados Unidos.

Las declaraciones del protagonista de esta columna caen en el terreno de lo que en México llamamos pendejadas y que en el mundo de la diplomacia se les nombra incorrecciones políticas. El contenido de éstas va desde la misoginia hasta el racismo, pasando por la ignorancia y la falta de tacto y empatía. A reserva de las que haga mientras escribo y se publica este artículo; la última de sus imperdonables pendeclaraciones —neologismo que surge de la contracción del adjetivo pendejada y el sustantivo declaración— la hizo el pasado jueves durante una reunión con legisladores que buscaban la solución para el programa migratorio que concede residencia legal a inmigrantes de algunos países africanos, de El Salvador y de Haití; a una propuesta de un congresista, el Ejecutivo del indescriptible copete, preguntó de manera irascible: “¿Por qué recibimos a gente de países de mierda?”

Pero hay algo peor para la humanidad entera, el presidente de Estados Unidos posee los códigos para activar un ataque nuclear. El beligerante pensamiento infantil del empresario metido a la política, aunado a su ignorancia, odio y estupidez, pueden generar una colisión de fatales consecuencias para el planeta y quienes vivimos en él. Sería conveniente enseñarle a Trump el principio de la bomba atómica, pero no el descubierto por Einstein basado en la ecuación E=mc2, no; lo que hay que procurar que el presidente del país más poderoso del mundo sepa cuanto antes, que el principio de la bomba atómica es… ¡el principio del fin!

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