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En 1958, la divulgación de su campaña propagandística, las pintas y los volantes me hicieron saber que Luis H. Álvarez era candidato del Partido Acción Nacional a la Presidencia de la República. Su contendiente: Adolfo López Mateos, del Partido Revolucionario Institucional. Me llamó la atención el nombre del candidato blanquiazul, concretamente la H intermedia entre su nombre y apellido. ¿Era la inicial de su apellido paterno que no le gustaba usar? (Tal es mi caso actual con el Rodríguez, que sustituyo con una simple R y a veces, de plano, prescindo de ella) ¿Era la primera letra de su segundo nombre?

Cursaba yo el primero de secundaria en el Colegio de la Salle de León, Guanajuato. Nos daba clases de historia de México, el profesor don José Lozano, distinguido panista de la localidad. A él le pregunté el significado de la H en la denominación del candidato presidencial de su partido, me dijo que ponía la H por su segundo nombre: Humberto. Viví con esa creencia hasta el pasado miércoles 18 de mayo, fecha de su fallecimiento, cuando a través de las notas periodísticas y esquelas, me enteré que efectivamente usaba la H por su segundo nombre, pero éste era Héctor. (A saber cuántos Héctores hizo pasar por Humbertos y viceversa durante los tres años que nos dio clases de historia de México. En su opinión, los conservadores eran seres impolutos y los liberales, una secta de come niños; López Mateos era comunista, y la educación laica, un arma de la conspiración judeo-masónica-comunista-internacional).

Pero el tema es don Luis Héctor Álvarez Álvarez, quien nació en Camargo, Chihuahua, el 25 de octubre de 1919 y murió en León, Guanajuato -quién lo dijera-, a la edad de 96 años.

Desde joven compartió su tiempo entre las actividades empresariales y las políticas, fue presidente de la Cámara de la Industria Textil del Norte. En 1956, a pesar de no ser miembro del PAN, éste partido lo postuló para ser gobernador del estado de Chihuahua. Perdió la elección frente a Teófilo Borunda -posteriormente suegro de Fidel Herrera Beltrán—. Alegó fraude y encabezó una caravana de protesta desde Chihuahua hasta el DF. La caravana únicamente logró una cosa: incrementar el turismo en la Ciudad de México.

Ya investido con los colores blanco y azul, fue postulado a la Presidencia de la República, como ya dije, en 1958. En 1983, en el estado de Chihuahua, por primera vez en la historia, el PRI es derrotado por el PAN en algunos municipios importantes, como Ciudad Juárez, donde se impone Francisco Barrio Terrazas, y la capital del estado, cuya alcaldía es para don Luis H. Álvarez. El 30 de junio de 1986, solicita licencia para dejar el cargo e iniciar una huelga de hambre, acompañado del doctor Víctor M. Oropeza y el empresario Francisco Villareal, con objeto de “ejercer legítima presión” para que cesaran los abusos de los gobiernos priistas y se respetara la voluntad popular en los comicios que se celebrarían el 6 de julio en la norteña entidad.

Cuarenta días llevaban sin comer, cuando se presentó ante los huelguistas el ingeniero Heberto Castillo, presidente del Partido Mexicano de los Trabajadores, quien les expresó: “Ustedes están dispuestos a morir, han decidido entregar su vida por esta causa. Yo les propongo que no la entreguen al contado sino en abonos, démosla juntos, por todo lo que reste de nuestras vidas. Caminemos, recorramos el país, emprendamos una cruzada nacional por la democracia”.

Desde entonces, entre don Luis y don Heberto existió una amistad que trascendió sus antagónicas posturas políticas. De su libro Corazón indígena, publicación en la que el chihuahuense narra su contacto con los pueblos originarios de México, entresaco una anécdota. A finales de 1994, H. Álvarez era senador, Felipe Calderón, presidente de Acción Nacional, y Ernesto Zedillo, primer mandatario del país. Éste le pide a Calderón que consulte a don Luis sobre la posible integración de una comisión legislativa que coadyuvara al diálogo con los zapatistas. Al senador panista no le pareció mala la idea, pero consideraba que para atender con solvencia el tema del EZLN, dependía, entre otras cosas, de quienes integraran la comisión. Le habló a su amigo el ingeniero Castillo, senador por el PRD para que le diera su punto de vista. “Heberto se mostró muy escéptico. Me dijo que conocía y había tratado a Marcos y que lo consideraba una persona ‘difícil’ (…) Le pedí que reflexionara su decisión, debido a la importancia del problema chiapaneco y a las profundas connotaciones sociales y de justicia existentes. Al día siguiente se comunicó conmigo y me dijo terminante: ‘Si entra usted, entro yo’”. Así dos valiosos políticos se sumaron a la inservible primera Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa).

Doce años después, el presidente Calderón nombró a don Luis comisionado para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. De esa época es la siguiente anécdota consignada en el precitado libro, con la que termino: “Después de una de las discusiones sobre usos y costumbres, me tocó acompañar a la comandancia zapatista en una ambulancia de la Cruz Roja. Iba con Marcos y Tacho. En ese momento pasó al lado de la camioneta un matrimonio tzotzil. La mujer iba atrás, cargando leña y el hombre iba adelante tan campante. Entonces volteé hacia Marcos y le dije: ¿Esos son los usos y costumbres que tenemos que respetar? Él contestó: Ahí te hablan, Tacho”.