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José Woldenberg y yo tenemos ideas distintas sobre el valor de nuestra pluralidad, pero coincidimos, con muchos otros, en una preocupación central sobre nuestra democracia: su horizonte no es de fortalecimiento, sino de fragmentación.

La fragmentación es el riesgo, la enfermedad de la pluralidad política. La pluralidad enriquece la democracia, la fragmentación la debilita.

La convergencia mayor que celebro con Woldenberg es que también vea en la segunda vuelta electoral un alivio o una corrección posible a la fragmentación.

Escribe:

“Dada la nueva fragmentación que aparece en el escenario, sería conveniente una segunda vuelta para la elección del presidente y los gobernadores que serviría para que nadie llegara al gobierno con más rechazos que apoyos”.

Serviría también, agrego yo, para que los mexicanos supieran con claridad a quién prefieren tener en la Presidencia y a quién no, como sucedió recientemente en Perú, donde la candidata que ganó por muchos puntos la primera vuelta, Keiko Fujimori, perdió por un pelito la segunda. Es decir, que, aunque lo pareciera, no tenía realmente la aprobación mayoritaria de los peruanos.

Desde el año 2000 ningún presidente mexicano ha ganado con la aprobación de la mayoría absoluta de los mexicanos.

Fox ganó con 42.52% de los votos, Calderón con 35.89% y Enrique Peña Nieto con 38.21% (del PRI solo 29.84%. El resto de votos, compartidos con su triste aliado, el PVEM, ambos tachados en la boleta: 7.36%, más un 1.91% de votos exclusivos del PEVM).

Las encuestas dicen que la fragmentación aumentará en las elecciones de 2018. Los candidatos con mayor intención de voto son Margarita Zavala, del PAN, entre 21-26%; Andrés Manuel López Obrador, de Morena, entre 22-25%; Miguel Osorio Chong, del PRI, entren 19-21% (encuestas de El Financiero, http://bit.ly/28MQnhj, y de Buendía-Laredo, http://bit.ly/29urhbr).

En las dos últimas elecciones presidenciales, particularmente en la del 2006, la segunda vuelta le habría resuelto muchos problemas políticos a la nación, otorgando mandatos claros, con mayoría absoluta de los votos, a los candidatos triunfadores.

Habría evitado muchas de las dudas sobre el tamaño del mandato y la legitimidad, dudas que han debilitado a los gobiernos electos de México, y han quitado a nuestra democracia mexicana buena parte de la credibilidad y de la alegría con que nació.

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