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En 1964, a los diez y ocho años de edad, comencé a trabajar en la Agencia Camacho y Orvañanos, Publicidad. Me recomendó un amigo de mi padre que era buen amigo de don Everardo Camacho, socio de don Julio Orvañanos, copropietarios de la empresa. A los dos los recuerdo con agradecimiento y cariño.

Quiso don Everardo que, a pesar de que mi vocación y precarios estudios estaban dirigidos hacia la escritura de anuncios y a la producción y dirección de los mismos, así como programas en radio y televisión, que recorriera las áreas del negocio para que adquiriera un panorama completo del manejo de la bien acreditada compañía publicitaria y entrara en contacto con los clientes entre los cuales se encontraba la Cervecería Modelo de México.

Inclusive estuve en el departamento de facturación donde me encargué de verificar las facturas que entraban a revisión. Uno de esos días vi una factura por tres mil pesos, un buen dinero para la época donde yo ganaba 700 pesos mensuales, con el membrete de Publicidad Denegri y adjunto a ella, engrapado, un recorte de la columna que escribía el periodista Carlos Denegri en el diario Excélsior, con un texto subrayado con rojo el motivo del cobro: “El licenciado don Juan Sánchez Navarro ha demostrado a través del buen manejo de la empresa cervecera que dirige sus grandes dotes de hombre de negocios y de mexicano de bien”. Algo así de meloso y zalamero. Como es obvio la empresa cervecera que dirigía el licenciado Sánchez Navarro era nuestro cliente Cervecería Modelo. Al siguiente mes la factura llegó por cinco mil pesos y sin el recorte del diario adjunto. Después de un rato en el que busqué, sin encontrarlo, el pedazo de periódico con el subrayado correspondiente, acudí al jefe de facturación al que le hice notar el aumento de dos mil pesos en el recibo en relación con el pago anterior y la carencia del recorte de la mención correspondiente. Sin inmutarse me dijo: Así es Carlos Denegri cobra más por lo que calla que por lo que escribe.

Recordé que, tiempo antes, veíamos en casa el programa de televisión del periodista, en cuya escenografía destacaban una bandera de México y una imagen de la Virgen de Guadalupe y supe por qué, cuando Denegri despedía la emisión con la frase: “Hasta el próximo programa: Dios mediante”, mi padre hacía con la mano la seña de dinero.

Cuando vi en la librería la nueva novela de Enrique Serna, con una fotografía del precitado periodista en la portada y con el título: ‘El vendedor de silencio’, consideré un gran acierto la titulación del libro. Enseguida lo compré y en tres sentadas me leí las 485 páginas de las que consta.

Sin ser crítico literario, como simple lector, mi escrito de hoy es para recomendar ampliamente la novela. Además de la radiografía de un hombre de gran talento y olfato periodístico; enfermo alcohólico; misógino hasta la crueldad y la violencia más abyecta; prepotente y déspota y a la vez sumiso ante el gran poder; la novela es un retrato del envilecimiento de la vida de la alta sociedad y la política mexicana entre los sexenios de Manuel Ávila Camacho y el de Gustavo Díaz Ordaz; de la codicia y la rapiña de los beneficiarios de la revolución que se bajó del caballo para subirse al Cadillac; de la complicidad entre la política y el (mal) periodismo para sostener la dictadura perfecta.

La novela es un mural, de anécdotas impactantes, repugnantes y sorprendentes, no sólo de Denegri sino de personajes igual de machistas, rapaces y corruptos que él. Cito aquí a Maximino Ávila Camacho y a Jorge Pasquel como los más conspicuos.

Carlos Denegri, cuyo nombre original fue el de Carlos Romay —el Denegri le vino de su padrastro—, nació en Argentina y a los cinco años de edad llegó a México. Tuvo cuatro esposas y procreó tres hijos, un hombre y dos mujeres, una de ellas con una sirvienta de la casa a la que desvirgó una noche de borrachera cuando su esposa, cansada de la violencia verbal y física, le cerró la recámara. Denegri se hizo cargo de Pilar, su hija.

A las once y cinco minutos del primero de enero de 1970, el autollamado ‘Reportero de México’ murió por un balazo disparado por Natalia Urrutia, su esposa. Le sobrevivió su madre, la señora Ceide Pacheco, viuda de Denegri, causante principal de su desequilibrio emocional.

Aclaración

El lector Gerardo Cubos Ordaz comentó que el WhatsApp publicado en mi columna anterior es obra del caricaturista Patricio. Le aclaro que jamás he pretendido que el lector crea que soy el creador de los chispazos de humor o de sabiduría popular que bajo el rubro de WhatsApp publico cuando puedo. El del jueves si hubiera sabido que era de Patricio le hubiera dado crédito. Patricio es un agudo humorista al que admiro, lo conozco por sus libros ‘El Sexenio de los Miserables’, ‘La Enchilada Completa’ y ‘México antes de ser México’.

Por estos días me llegó el siguiente WhatsApp: Pedimos en la oficina llegar con algo típico mexicano: Dos llegaron pedos. Cuatro llegaron tarde. Tres dijeron ya vamos para allá. A otro se le volvió a morir su abuelita.