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El campo de resistencia a las reformas del Pacto por México, construido por las dirigencias del PRI, el PAN, el PRD y el gobierno federal, es más amplio que el de los seguidores de López Obrador.

Para empezar, dudo mucho que todos los miembros y votantes de los tres partidos que firmaron el Pacto por México compartan hoy la creencia en la bondad de esas reformas.

El hecho es que no vemos a ningún dirigente, legislador, gobernador o miembro prominente de alguno de esos partidos rompiendo lanzas a favor de las reformas que sus dirigentes firmaron.

Creo que los desencantados del gobierno de Peña Nieto forman también en las filas de quienes no creen en las reformas. Las juzgan un error más del sexenio.

Pero el dilema mayor de México sigue ahí, de cara a las elecciones de 2018 y al futuro de México:

¿Hay que seguir por el camino que marcan esas reformas, corrigiéndolo, ampliándolo a campos que no toca, o hay que echarlo todo atrás y empezar de nuevo construyendo otra agenda, hacia otro rumbo?

Bien, ¿pero cuál agenda? ¿Hacia qué rumbo?

Nadie lo ha dicho ni lo dice con claridad. Salvo el rechazo total que plantea López Obrador, no hay propuesta alternativa.

Hay solo la potente marea de la irritación, el “mal humor” social, la negatividad como una losa en el estado de ánimo.

Toda la discusión pública se va como en un mismo río encrespado y repetitivo hacia el tema de la corrupción. Es un río bienvenido, ojalá que el principio de una revolución moral, contra la impunidad predatoria que ha llegado a ser marca de fábrica de nuestros gobiernos.

Pero la agenda anticorrupción no alcanza a dibujar el futuro deseable para México.

Salvo un afortunado y oportuno debate sobre el salario real, venido del Gobierno de Ciudad de México, no hay en los actores políticos propuestas alternativas ni para lo que está incluido en las reformas ni para lo que falta en ellas.

El dilema grande sigue ahí: ¿si no las reformas modernizadoras del Pacto por México, entonces qué?

¿Lo que sea? ¿Después veremos? ¿Un brexit mexicano?

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