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Claudia Sheinbaum preside una dictadura constitucional que lleva dentro un Estado policiaco.

Ambas cosas tienen un carácter germinal. Están sembradas ya en las leyes fundamentales del país, pero no han sido aterrizadas en un sistema político, en un gobierno.

No digo que México viva en una dictadura con un Estado policiaco a su servicio. Digo sólo que las dos cosas están otorgadas, inscritas en nuestras leyes, listas para que las implante un gobierno.

Vemos gérmenes de la implantación en distintos hechos. La elección judicial del domingo fue uno de ellos: una germinación dictatorial.

En sentido estricto, la del domingo fue una elección dictada. Lo marcado en los votos es prácticamente igual a lo que el gobierno y sus agentes dictaron en sus acordeones para votantes cautivos.

Pero estamos en México. Si alguien sabe la distancia que puede haber entre las leyes y la realidad somos los mexicanos.

La ley no es la realidad. Para pasar de una a otra le faltan a la presidenta Sheinbaum redes de transmisión política, personeros, intermediarios, ejecutores leales a su voluntad y a las órdenes que salgan de su escritorio.

No es eso lo que vemos cada día. Asistimos a la inquietante paradoja de una Presidencia con enormes poderes formales y restringidos poderes reales; de un gobierno sometido al reto de problemas críticos y poderes fácticos ante los cuales parece desconcertado, inmóvil, a ratos inerme.

Tenemos una arquitectura jurídica dictatorial con un gobierno sin fuerza, en muchos momentos rendido a los hechos y a los poderes reales.

El gobierno de Claudia Sheinbaum parece débil ante el poder de su antecesor y ante las fracturas del partido que la tiene en el poder; ante el fuego amigo de sus correligionarios en el Congreso y en los gobiernos estatales; ante la autonomía de las fuerzas armadas y sus choques con las de seguridad civil; ante los asesinatos de cada día y ante las redes criminales que comparten y le disputan el poder territorial; ante el estancamiento de la economía y ante los hoyos fiscales heredados, y ante los golpes imprevisibles de su poderoso vecino.

Dictadura formal y desgobierno real. ¿Es el horizonte ante el que estamos? ¿Quiénes serán sus beneficiarios?