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Recogeré en estos días de guardar, lunes martes y miércoles, cosas escritas aquí mismo para la semana mayor de hace siete años. Sus enigmas siguen intactos.

Según el censo de 2010, 97 de cada 100 mexicanos creen en alguna forma de Dios y practican algún credo religioso (87 por ciento católicos). Solo 3 por ciento nos declaramos ateos. ¿En qué creemos los que no creemos en Dios? En formas sustitutas de la inmortalidad y de Dios. Digamos el amor, la fama, el dinero, la naturaleza, la permanencia en la memoria de otros. Todas estas son cosas triviales si se las compara con la idea de Dios, del más allá, de la vida ultraterrena.

Pocos ateos dan en su corazón el salto implícito en la frase de Iván Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

Muchos menos actúan en consecuencia, como el hermano idiota de Iván, Smerdiakov, que mata al padre opresivo. Todos los hermanos quieren ver muerto a su padre, pero solo Smerdiakov se atreve a hacerlo, autorizado por el dicho de su hermano Iván: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

La frase de Iván Karamazov anuncia el salto moral hacia el nihilismo, esa tierra de nadie inherente a la idea de un mundo sin Dios.

El principio del nihilismo es duro y claro: si no creo en nada trascendente, todo es aquí y ahora. Como mi aquí y ahora no tiene rumbo ni rienda, soy mi propia medida, mi propia moral, sin otro referente que yo mismo: soy mi propio Dios.

Sin dioses que observen, ordenen, regulen, conforten y moderen la conducta humana, no hay reglas ni límites, solo la voluntad de cada quien.

El mundo sin dios de la política, vuelto solo voluntad de poder, es el de Hitler y Stalin, y el de todos los reinos utópicos, sustitutos de la Ciudad Dios: el reino milenario de los nazis, la utopía comunista del Gulag, los campos de muerte de Pol Pot.

Pero estamos en México. Me pregunto cuántos de los mexicanos que se dedican hoy a matar, decapitar, enterrar a otros en fosas anónimas o en puentes visibles han dado el salto de Iván Karamazov. Y cuántos no lo han dado y se siguen diciendo creyentes en Dios.

Nuestros creyentes homicidas son un misterio teológico y moral.