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La semana pasada escribí en este espacio que la desigualdad será uno de los grandes temas que marcarán las elecciones de 2018. Coincidentemente, en esos días, un estudio del Inegi reveló que la desigualdad es más grave de lo que se pensaba.

Al incorporar información del SAT a los datos que ya conocíamos del Inegi, Gerardo Leyva muestra que el grupo de personas con mayores ingresos (decil X) no acumula, como se creía, 35% del ingreso total del país, sino 50%. A la inversa, los cinco grupos de menores ingresos (deciles I al V) poseen juntos apenas 12% del ingreso total y no el 20% que se estimaba.

De acuerdo con las encuestas, la desigualdad económica todavía no es un tema que destaque entre las principales preocupaciones de la población. Sin embargo, sí produce enojo y es una de las fuentes de las asimetrías de poder que la gente ya no tolera. Este repudio convierte a la desigualdad en el gran tema de nuestro tiempo. Las manifestaciones de rechazo a la disparidad son múltiples y cotidianas. Van desde la indignación por el caso etiquetado como #LordFerrari hasta la pérdida de confianza en las grandes instituciones del país.

No se trata solamente de un rechazo al abuso del poder. Lo que está detrás de los movimientos contra el establishment es la rebelión frente a cualquier estructura vertical de poder. Lo mismo se reprueba al gobierno que a los empresarios, a la Iglesia, a los medios tradicionales de comunicación o a los partidos políticos. Es el escenario que llevó a Moisés Naím a declarar que estamos ante “el fin del poder” (2013).

Por supuesto, el “fin del poder” no se explica por un solo factor. Pero sin duda uno de los que más influyen es el choque entre la verticalidad con la que todavía se ejerce el poder y la horizontalidad con la que la sociedad se expresa y conecta en el mundo digital. La verticalidad implica asimetría y, por tanto, desigualdad. En la horizontalidad todos somos iguales y tenemos, o al menos así lo sentimos, una pequeña dosis de poder.

Hasta ahora, este estado de ánimo se ha expresado políticamente como un conflicto entre los de “arriba” y los de “abajo”. La nueva medición de la desigualdad económica no deja duda de que en la elección de 2018 el debate también será sobre la brecha que separa a los ricos de los pobres.