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Las elecciones de 2021 serán inéditas en más de un sentido. No solo estará en juego el mayor número de posiciones, sino que, del resultado de este proceso federal, dependerá el rumbo de la 4T. Y todo ocurrirá mientras los partidos políticos pasan por una crisis de proporciones históricas.

Si bien el descrédito de los partidos no es exclusivo de México, el nivel de desconfianza que generan en nuestro país es particularmente grave. Como en otros lados, la imagen de los partidos ha sido dañada por escándalos vinculados con su financiamiento y sus gastos. Pero aquí también les ha afectado la pérdida de identidad y su lejanía de la gente.

El mejor ejemplo es el Pacto por México que, en los hechos, convirtió al PRI, al PAN y al PRD en una sola entidad operada por acuerdos cupulares.

De acuerdo con una encuesta digital de Consulta Mitofsky, el daño ha sido enorme. La mayoría de los mexicanos no se identifica con los partidos y son muy pocos los que dicen tener confianza en ellos.

No es de sorprender si, según el estudio, 73 por ciento de los entrevistados cree que los partidos son corruptos, 75 por ciento piensa que no escuchan a la gente y 86 por ciento sostiene que solo atienden a sus intereses.

Las razones principales por las que la gente considera que los partidos están en crisis son: porque solo piensan en sus intereses, por los malos gobiernos que han constituido y por sus actos de corrupción. Así, si bien los escándalos por el manejo de dinero han impactado negativamente a los partidos, lo que más se resiente es su lejanía de la gente. Una enorme mayoría de las personas consultadas no percibe que partidos y gobiernos atiendan o representen los intereses de los ciudadanos.

Las consecuencias son muy preocupantes. Más de 80 por ciento de los encuestados piensa que los partidos aportan poco o nada a la democracia; y, peor aún, 63 por ciento cree que México estaría mejor sin ellos.

Terrible panorama si partimos de que una democracia exige partidos que representen los muy diversos intereses de los ciudadanos. Sin sus coordenadas, las elecciones se vuelven concursos de personalidades y pierden sentido. En el extremo, dejan de ser el instrumento privilegiado para encauzar la participación y el disenso político.