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Por Rubén Cortés

Se sabía que se encaminaba a la dictadura, en especial cuando empezó con el cuento de que solo dejaba el poder si así lo decidía el pueblo: ya hoy no existen libertades asociadas a la democracia, y el instituto electoral no tiene independencia para hacer elecciones.

El dominó está cerrado: es imposible convocar a elecciones porque la dictadura controla la Comisión Nacional Electoral y prohíbe la supervisión internacional, a muchos opositores se les impide presentarse a cargos públicos y no existe libertad de prensa.

Así se encuentra Venezuela hoy, después de 20 años de la llegada del populismo al poder, con el triunfo electoral más contundente de su historia, gracias a las promesas de acabar con la corrupción, crecer económicamente y eliminar la pobreza.

De todos modos, la dictadura convocó a elecciones parlamentarias el 6 de diciembre: una jugada maestra porque exhibe el éxito que ha tenido en dividir a la oposición, luego de pulverizarla mediante el acoso, el miedo, la cárcel, el exilio, los juicios amañados…

Por ejemplo, el eterno aspirante a la presidencia Henrique Capriles apuesta por la participación en las próximas elecciones, bajo el argumento de que, en la medida que la gente es más pobre, lo único que le va a quedando es el voto.

En cambio, Juan Guaidó, presidente encargado reconocido por 60 países, se niega a participar en unos comicios que considera una farsa porque no serán libres, y la única salida posible a la crisis política e institucional es mediante elecciones democráticas.

Como sea, esta división de los sectores que se le oponen desde su ya lejano triunfo electoral en 1998, constituye el gran acierto del chavismo para haber podido instaurar la dictadura, en el entendido de qué es dictadura y qué es tiranía.

Dictadura es cuando un gobernante se eterniza en el poder mediante el control absoluto del país, pero mantiene la fachada del Congreso, Corte, Consejo Electoral, prensa supervisada, algunos partidos opositores. Tiranía es cuando cancela todo lo anterior.

Por tanto, Venezuela vive una dictadura y, en los hechos, no existen las libertades de prensa, de expresión, de reunión. Las advertencias de cárcel o exilio para los opositores tienen maniatada la política, y la ciudadanía vive totalmente frustrada, sin futuro.

Quiere decir que en la Venezuela del dictador Maduro no existen

condiciones mínimas para la realización de comicios creíbles, ni para recibir una misión de observación electoral internacional. Participar en unas elecciones hoy en Venezuela es avalar un fraude.

Pero la tragedia política mayor es la mezquindad de la oposición, pidiéndose la cabeza entre sí: la falta de voluntad para llegar a acuerdos mínimos, el irrespeto a la palabra dada, la desconfianza para pactar estrategias…

Y ya no hay remedio. No.