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Hay algo dramático en la deriva histórica del Partido Revolucionario Institucional(PRI).

Difícil imaginar, a partir de los restos que quedan, algo de lo que alguna vez fue el partido hegemónico de México.

Penoso espectáculo el de su última elección interna, que tiene todos los visos de una parodia. Los rasgos sobresalientes del PRI en su decadencia son los peores rasgos que acompañaron su auge. No se disuelve el PRI en su decadencia con lo mejor sino con lo peor de sí mismo.

Sobresalen en el estertor los vicios de la antigua fortaleza: el triunfador pactado en la cúpula, la cargada, el acarreo, la compra de votos, el relleno de urnas aunque la contienda estuviera decidida de antemano.

O precisamente por eso: para no dejarnos olvidar que lo que le gustó siempre a este partido fueron las mayorías soviéticas, contundentes, armadas a la legalita o a la legalona, según expresión canónica de los pragmáticos estrategas de sus buenos tiempos.

Dicen que el actual Presidente electo de la contienda priista dijo a quien lo quiso oír que iba a ganar por tres razones: porque tenía dinero, porque tenía los votos de los gobernadores de su partido y porque tenía la simpatía del Presidente.

Para nadie es un secreto a estas alturas que el PRI buscará un nuevo lugar como partido político minoritario a través del amparo y de la colaboración con el Presidente.

El PRI prestó ya su primer servicio electoral a la causa de Morena en la elección de gobernador de Puebla de este año, donde el PRI obtuvo el 18% de los votos, a costa del candidato de oposición que hubiera podido ganar, Enrique Cárdenas, que perdió por 11%.

El PRI que sobrevive prestará ese mismo servicio en las elecciones que vienen: distraerá votos de la oposición para que puedan ganar los candidatos del gobierno.

Hay una cierta lógica histórica en eso: el nuevo partido en el gobierno comparte convicciones del antiguo PRI. Eso que los antiguos llamaban El Ideario.

Destino melancólico: el PRI pasa de ser el partido hegemónico de un país a ser el partido satélite de un gobierno.

Actualizando al famoso dinosaurio de Monterroso:

“Cuando despertaron, el dinosaurio seguía ahí, pero lo habían vuelto una lagartija”.

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