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Los tercos números dicen que la economía mexicana padece ya una crisis fiscal crónica.

El gobierno gasta más de lo que ingresa y se endeuda para seguir gastando.

No puede aumentar sus ingresos con impuestos, porque su economía no crece.

La economía no crece porque las inversiones están contraídas, tanto las públicas como las privadas.

El gobierno no obtiene ingresos nuevos del crecimiento de la economía, pero sigue gastando y se sigue endeudando.

La lógica del hecho tiene rostro de un círculo vicioso: gasto de más, me endeudo más, no puedo pagar, me endeudo de nuevo y sigo gastando de más.

Gastar mucho de modo improductivo es consustancial a nuestro gobierno, que confunde la política de bienestar con repartir dinero en efectivo, y que gasta dinero a raudales en elecciones.

El déficit fiscal que México arrastra tiene su origen en el año de 2024, que fue de elecciones nacionales. En ese año, el gobierno dejó un déficit fiscal de 5.3 puntos del PIB, que el gobierno no ha podido remontar.

En 2025 gastó más de 9.3 billones de pesos, habiendo tenido ingresos de solo 7.9 billones. Dejó un déficit de 4.3 puntos del PIB, lo cual elevó su deuda a más de 18 billones de pesos, equivalentes a 52.6% del producto interno bruto.

Es la deuda más alta de la historia del país.

2027 será año de elecciones, prioridad de gasto absoluta para el gobierno, junto con los repartos de dinero en efectivo, también de intención electoral.

Imposible que en 2027 el gobierno sea austero. Será dispendioso, porque esa es la cruz de su parroquia, gastar en elecciones, en votantes, en candidatos, en intermediarios y en comunicadores, boyantes eslabones del unto y del moche.

El déficit fiscal mexicano tiene ya rasgos crónicos, si no se corrige, se reproducirá y agravará.

Su única cura sana es la que no aparece hoy por ningún lado: austeridad real, inversión real, crecimiento real, empleos reales, productividad real, prosperidad real.

Lo demás son ilusiones mañaneras.