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La fragmentación de los partidos políticos mexicanos es mayor que nunca. Parece el mapa de un régimen parlamentario atomizado.

No sé cómo hemos llegado a establecer legalmente que esa fragmentación corresponde a la pluralidad política real del país.

Hay diez partidos nacionales registrados, de los cuales al menos seis representan solo dirigencias profesionales hábiles que han aprovechado las reglas del ingenuo pluripartidismo mexicano.

Solo dos de esos partidos tienen hoy una intención de voto superior a 25 por ciento: el PRI con 30 y el PAN con 26. Solo otros dos tienen una intención de voto superior a 10 por ciento: el PRD, con 13, y el Partido Verde, con 11.

Les siguen Morena, con 9, y los partidos franquicia que se mueven en el inframundo electoral de 1 a 3 por ciento: Partido del Trabajo, Nueva Alianza, Movimiento Ciudadano, Partido Humanista, Encuentro Social.

Es probable que la elección de junio desplace a varios de ellos, pues deben obtener más de 3 por ciento de la votación para conservar su registro. (Cito los datos de la encuesta de Parametría correspondiente al mes de febrero de este año).

El mayor cambio del panorama partidista, desde luego, es el de la fragmentación partidaria de la izquierda que desapareció como tercera fuerza competitiva.

Junto con la fragmentación electoral es visible también el desdibujamiento de linajes, creencias, principios y programas partidarios. Todos hablan y callan de lo mismo, con la única diferencia ostensible de Andrés Manuel López Obrador que rechaza a todas las otras fuerzas políticas y quiere regresarlo todo en el tiempo, al punto de restaurar la Constitución de 1917.

Salvo esta opción, ningún partido tiene un discurso distintivo, que vaya más allá del horizonte de las reformas del Pacto por México.

Diluidas las fronteras ideológicas, las diferencias de intención y programa, lo que queda en el campo electoral es un combate pragmático, de alianzas y conveniencias en busca de votos.

El que quiera ganar en 2018 una mayoría clara tendrá que aliarse con otros. El siguiente nombre del juego democrático mexicano no será partidocracia sino alianzocracia.

 

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