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El hábito de la memoria mexicana es pensar que los presidentes son todopoderosos. Hace rato que eso no es verdad. Para bien hasta cierto punto, para mal pasado ese punto.

Creo que hemos pasado el punto deseable de debilidad presidencial hace algún tiempo, produciendo sin cesar gobiernos divididos y presidentes elegidos por minorías cada vez más minoritarias.

Los primeros confundidos en esta cuestión son los presidentes mismos, que no acaban de encontrar su lugar en el incómodo cuarto de sus limitaciones democráticas.

Emprenden grandes cosas (la guerra contra las drogas de Calderón, las reformas estructurales de Peña Nieto) y luego pagan ellos y hacen pagar al país enormes cuentas, porque sus grandes empeños salen mal.

Desde el año 2000 de la transición democrática, los presidentes viven cercados por la competencia y los contrapesos, pero se sienten a la vez obligados, por la misma exigencia democrática, a ofrecer grandes resultados, momentos de gobierno que cambien la historia.

El primer presidente de la serie democrática mexicana, Vicente Fox, fracasó rápido en su esfuerzo prometido de aplicar la ley y terminar con la corrupción. Luego de un año de no arreglar nada en esos frentes, Fox renunció a cualquier otro proyecto de envergadura. Se resignó a ser el presidente del triunfo democrático y dejó en el país la primera, imborrable, desilusión en carne propia con la democracia.

En gran medida para lavar su controvertida elección, el presidente Calderón se metió en el callejón de la guerra contra las drogas, cuya espiral de violencia seguimos pagando y lamentando.

El presidente Peña trajo bajo el brazo el paquete de reformas más ambiciosas que recuerde mi generación, pero perdió el paso de la credibilidad moral en la opinión pública y ha terminado siendo el presidente más rechazado de la historia reciente.

Lo común a estos presidentes de la democracia es que tuvieron grandes propósitos y poca eficacia gubernativa. Fueron presidentes débiles con propósitos de presidentes fuertes. Presidentes urgidos de grandeza con débiles instrumentos de gobierno.

Me preocupa la debilidad adelantada de Peña Nieto. Porque creo que un presidente demasiado débil puede ser más peligroso para una sociedad que un presidente demasiado fuerte.

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