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Dicen que en la política se puede regresar de todo, menos del ridículo. Al menos dos veces, con sus dos fugas, El Chapo Guzmán ha puesto en ridículo al gobierno mexicano.

México se levantó la mañana del domingo riendo por la nueva fuga de El Chapo, más que asustado por ella. No es un buen síntoma.

En la figura de El Chapo hay rasgos del bandido popular que viene de abajo, hace una fortuna jugándose la vida, burla la ley y a los poderosos, y deja a su paso una marca de astucia e ironía.

Pero también de sangre. En la guerra que han librado las bandas de narcotraficantes en México durante los últimos años, el cártel de El Chapo ha sido el más sangriento.

La pequeña historia es así:

En 2008, por asesoría de la DEA, México establece que los vuelos privados que entran a su territorio desde el sur no puedan seguir al norte, como seguían, cargados de droga, sino que bajen en el sur, en Cozumel o Tapachula.

Se creó así una nueva realidad logística para los narcos: ahora debían pasar la droga por tierra, lo que los obligaba a controlar territorialmente las rutas y ciudades del paso.

Las bandas fueron obligadas a desplegarse físicamente hacia el sur. Empezó la gran batalla no por los cargamentos, sino por los territorios de paso.

Luego de 2008, en su lucha por el control territorial, El Chapo y su cártel de Sinaloa libraron cuatro guerras simultáneas.

Pelearon por el control de Tamaulipas contra el cártel del Golfo y de Los Zetas. Por el control de Ciudad Juárez, contra el cártel de Juárez, de Amado Carrillo. Por el control de Tijuana, contra el cártel de
Tijuana, de los hermanos Arellano Félix. Y por el control de Guerrero, Nuevo León y sus propios dominios en Sinaloa y el noroeste, contra sus antiguos aliados, los hermanos Beltrán Leyva.

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