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En varias ocasiones he comentado en este espacio sobre el problema de la lectura en México. Los más recientes resultados de la prueba PISA, en el área de lectura, me dan un motivo más para hacerlo.

La prueba PISA no mide si los estudiantes memorizan datos. Evalúa si pueden comprender, usar, evaluar y reflexionar sobre textos para resolver problemas reales, desarrollar su potencial y participar en la sociedad. En lectura, esto significa localizar información, construir sentido, juzgar la credibilidad de lo que leen y conectar ideas.

El Nivel 2 es el umbral mínimo: identificar la idea principal de un texto de dificultad moderada y reflexionar sobre él de manera dirigida. Por debajo de ese nivel, las limitaciones pueden ser serias para la vida cotidiana y para aprendizajes posteriores.

En México, la tendencia en lectura es clara y preocupante. Desde el pico de 425 puntos en 2009, el país ha bajado de manera casi continua hasta los 408 puntos de 2025. Son 17 puntos perdidos en dieciséis años. La mitad de los estudiantes de 15 años quedó por debajo del Nivel 2. El promedio de la OCDE es de 461 puntos. La diferencia es de 53.

En América Latina el panorama tampoco es alentador, aunque México se ubica en la parte media-alta de la región. Chile lidera con 436 puntos, seguido de Uruguay, con 423, y Costa Rica, con 416. México empata con Brasil, con 408, y supera a Colombia, con 399; Perú, con 390, y Argentina, con 389. Nadie en la región mejoró de manera significativa entre 2022 y 2025. Varios países, incluso, bajaron.

La presidenta Claudia Sheinbaum reconoció la caída en lectura, pero subrayó que “bajó en todos los países de la OCDE” y que en México la disminución fue menor. La relacionó, como lo hace el propio reporte de la organización, con las plataformas digitales: “En el reporte de la OCDE lo asocian a las famosas plataformas digitales que hemos estado estudiando aquí. Entonces, no es exclusivo de México”.

El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, fue más explícito. En entrevista con Radio Fórmula, atribuyó el descenso global en lectura al “surgimiento de los dispositivos móviles y cómo este uso intensivo, excesivo de las tecnologías en las escuelas está deteriorando la capacidad lectora de los jóvenes en todo el mundo”.

En ese contexto, los programas del Fondo de Cultura Económica merecen una mención. Durante años se ha apostado por la distribución masiva de libros a bajo costo o gratuitos, la creación de salas y clubes de lectura, el Librobús y colecciones orientadas a jóvenes.

Sin embargo, los indicadores que se reportan son principalmente de producción y alcance: cuántos ejemplares se imprimieron, cuántas personas fueron alcanzadas. No hay evidencia clara de que esa cobertura, por sí sola, haya movido la aguja de la comprensión lectora que mide PISA. La tendencia a la baja se mantuvo incluso mientras se intensificaban estos programas.

Regalar el libro no es suficiente. Hace falta acompañamiento.

No podemos esperar a que la gente llegue por voluntad propia a las salas y clubes de lectura tradicionales. Hay que ir a buscarla donde está hoy: en las redes sociales, en los medios digitales, en los espacios donde realmente habita.

Hay que hacer atractivos esos grupos, salas y clubes. Convertirlos en experiencias vivas, cuyo objetivo no sea solo conocer los textos, sino entenderlos.

Hay que enseñar a los jóvenes a apropiarse de los libros y de la lectura, a convertirla en hábito y placer, no solo en obligación escolar.

Con el debido acompañamiento, las pantallas no tendrían tanta influencia. El problema no es solo la tecnología; también es la ausencia de mediación.

Mientras sigamos midiendo el éxito por el número de libros repartidos y no por la calidad de la relación que construimos con la lectura, PISA seguirá mostrando lo mismo: más acceso, menos comprensión.

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