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En la mañanera de este 17 de diciembre, la presidenta Claudia Sheinbaum fijó la postura de México frente al escalamiento del conflicto entre Venezuela y Estados Unidos. En lo dicho por la presidenta no hubo nada nuevo: habló de no intervención, del respeto a la autodeterminación de los pueblos, hizo un llamado a la ONU y pidió evitar derramamientos de sangre. Hasta ahí, todo normal.

Sin embargo, hubo dos detalles que llamaron mi atención. El primero, que al referirse al presidente de Venezuela la presidenta se limitara a nombrarlo por su apellido: Maduro.

El segundo, que ofreciera a México como un posible punto de encuentro, si las partes así lo solicitan:

“También es importante si nosotros podemos estar como un punto de negociación, de reunión, si así lo consideran las partes. Las partes tendrían que proponernos, y si no, buscar mediadores que permitan evitar cualquier conflicto en la región”, dijo la presidenta.

No sería la primera vez. Durante décadas, México construyó una reputación internacional como mediador confiable. No por imponer, sino por saber escuchar. En los años ochenta fue pieza clave del Grupo Contadora, que buscó frenar las guerras civiles en Centroamérica mientras Estados Unidos apostaba por la confrontación directa. Aquella mediación no fue cómoda ni neutral en el sentido pasivo: implicó tensiones con Washington y costos políticos internos. Pero también le dio a México algo hoy escaso: credibilidad.

A esa tradición se sumó el asilo político. España republicana, dictaduras sudamericanas, exilios forzados. México no sólo abrió puertas; construyó autoridad moral.

La Doctrina Estrada —no intervención, autodeterminación de los pueblos— fue durante años algo más que una frase repetida en discursos: era una línea de conducta que daba identidad.

Otra de las medallas de la diplomacia mexicana fue el Tratado de Tlatelolco, que declaró a América Latina como una región libre de armas nucleares y le valió el Premio Nobel de la Paz al mexicano Alfonso García Robles.

También, durante muchos años, México fue intermediario silencioso entre Cuba y Estados Unidos.

Ese México mediador existió porque tenía margen de maniobra y una política exterior con voz propia. Pero ese margen empezó a encogerse. Con el paso del tiempo, la mediación se volvió selectiva, ambigua.

Hoy el contexto es otro. México depende como nunca del comercio con Estados Unidos, es pieza central de su política migratoria y vive una relación de cooperación forzada en materia de seguridad. Al mismo tiempo, mantiene vínculos políticos con gobiernos que Washington mira con recelo, como el de Nicolás Maduro. En ese tablero, ofrecerse como intermediario suena bien… pero es mucho más complejo de lo que una frase en la mañanera puede sugerir.

Porque mediar no es sólo sentar a dos partes en la mesa. Es incomodar a ambas. Es decir cosas que nadie quiere escuchar. Es no deberle demasiado a ninguno. Y ahí está la pregunta incómoda: ¿puede México hoy jugar ese papel sin quedar atrapado entre su dependencia económica y sus afinidades políticas?

México quiere volver a ser mediador. La historia le da antecedentes para intentarlo. Pero la mediación no se decreta: se construye. Y, sobre todo, se cree. La pregunta no es si México puede ofrecerse como intermediario entre Estados Unidos y Venezuela. La pregunta es si, en este momento, alguien estaría dispuesto a escucharlo.

Ya sé, ya sé: muchos dirán que la presidenta no hizo un ofrecimiento formal. Pero lo dicho en la mañanera me pareció un buen pretexto para recordar glorias pasadas de la diplomacia mexicana… y para preguntarnos si hoy todavía están vigentes.

EN EL TINTERO:
Gerardo Fernández Noroña presumió que ya cobra la “pensión del bienestar”. Un defecto estructural de los programas sociales.

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