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Cuando mi hermana menor murió, por allá de 1947, la penicilina era un fenómeno reciente y lejano. Para nosotros inalcanzable, de hecho. El médico que atendió su intensa y fatal tuberculosis fue radicalmente claro con mis padres: su hija no tiene remedio y morirá en unos cuantos meses. Si no quieren sufrir una pena mayor, yo les recomiendo que saquen de aquí a sus otros dos hijos porque en la convivencia pueden —y van a— contagiarse. Finalmente morirán igual.

Llévenlos lejos de aquí, preferentemente al campo. Que vuelvan a su casa cuando todo haya pasado y una cuidadosa desinfección y asepsia hayan terminado con los restos de bacilos que pudieran heredarles el mal.

En estos ochenta años, el progreso de la ciencia y el mejoramiento de la calidad de vida han ido transformando la pirámide demográfica del mundo: en aquellos lejanos tiempos, su base era amplia por la gran cantidad de nacimientos, y se iba aguzando rápidamente por la intensa morbilidad y el elevado índice de muerte temprana. El promedio de esperanza de vida era entonces de 45 años; para las mujeres, un poco más. Al día de hoy los hombres pueden aspirar a vivir hasta cumplir 73; las mujeres, 78.

Con frecuencia las dos barreras son superadas.

Simultáneamente, la transformación cultural, social, ha modificado los patrones de conducta familiar. No solamente hay una tendencia decreciente al matrimonio: se evitan las relaciones que no sean momentáneas y fáciles de deshacer. Las que llegan a una tolerada convivencia amorosa, las familias prolíficas de las que mi generación surgió, de madres que sucesivamente acumulaban un mínimo de ocho partos, que procuraban conservar y hacer crecer sanos, son reminiscencia lejana.

Las parejas de hoy, si acaso, llegan a un máximo de dos hijos. Hay muchos descendientes únicos. Es preferible en muchos casos, y desde luego más económico y cómodo, tener un perro. No es solamente un precepto ético y cultural: todo es más caro, y la educación es un bien que, si queremos darlo de calidad a nuestros hijos, ellos tienen que ser pocos.

Simultáneamente, la ciencia médica va prolongando nuestra existencia, y en política las tendencias populistas buscan la gratitud masiva, y regalan edades más tempranas para el retiro y pensiones de vejez e invalidez sacrificando fondos y frenando la creación de nuevos empleos, mejor remunerados. Eso generaría un mayor sector de contribuyentes de impuestos al capital, el trabajo, la producción y el consumo. Que, al final de cuentas, son la única fuente de dinero para solventar todo lo anterior.

No hemos sido capaces, o nos hemos resistido a la inevitabilidad de admitirlo, de que como sociedad nos estamos haciendo viejos.

Y como viejos, nos estamos haciendo muchos.

La pirámide poblacional se modificó. Cada vez hay menos hombres y mujeres que aporten medios para satisfacer al creciente número de viejitos que se han ganado, con su trabajo de años, la recompensa de un sustento digno en su última etapa, que todos tratamos de prolongarla lo más que se pueda.

Desde luego que no es un fenómeno exclusivo de nuestro país; más aún, en los países desarrollados, digamos Europa, la ecuación es más cruel.

Tan cruel que, en México, y sin necesidad de peritajes aritméticos, es previsible que dentro de diez años, no más, las finanzas del erario no podrán mantener los beneficios que tienen comprometidos. El mismo régimen de Morena ha enviado mensajes subrepticios y no, de que las limosnas del bienestar se verán menguadas o, en caso extremo, tendrán que desaparecer.

El asunto no solamente es complejo: no tiene solución. Si no hay una transformación del modelo económico —que con la automatización robótica y la inteligencia artificial nos da menos esperanza de ampliar la base de los fiscalmente activos— la naturaleza se encargará de imponer el nuevo equilibrio para que empecemos a morirnos antes los que, al final del día, nos hemos convertido en un obstáculo.

Como advertía hace años una excelente película, Soylent Green, que en la traducción mejoró su título, el destino ya nos alcanzó. Y ni siquiera tendremos el valor de comernos los unos a los otros.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Dejémonos del circo cotidiano de la soberanía amenazada por el vecino del norte. Esa soberanía ha dejado de existir desde el momento en que los fenómenos de corrupción y criminalidad, en las formas del huachicol y el narcogobierno, se hicieron del poder. Es ahora o ya no fue.

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