Fuera de casa, las mujeres empezaron a conocer otras realidades, personas, sentimientos y sensaciones; incluyendo su derecho a la sexualidad
A unas cuantas horas de iniciar las conversaciones de paz, al lado del lago Lucerna, en el centro de Suiza, llamado por ello el lago de los cuatro cantones, una de las partes las abandonó súbitamente.
En este caso fue la delegación de Irán, parte cuya agresión iniciada por los Estados Unidos sin causa legal cierta, comenzó esta guerra. Igual pudo haber sido la delegación norteamericana. La opinión generalizada es que ninguno de los dos contendientes quiere realmente terminar la guerra.
Hay también quienes piensan que no pueden acabarla tan fácilmente.
El motivo principal es el que siempre se oculta en las conversaciones de toda paz. La guerra es un negocio; un negocio altamente productivo y en el que las naciones involucradas tienen grandes intereses. Generalmente, las grandes guerras son precedidas por una o dos grandes crisis de economías nacionales —la quiebra de la república de Weimar en 1938 aparejada por la Gran Depresión de los Estados Unidos —la más grave y larga de la historia mundial— que duró de 1929 a 1938.
El New Deal de Roosevelt (un pollo en cada cacerola y un carro en cada casa, entre 1933 y 1939) y la emergencia política del nazifascismo en la Alemania de Hitler fueron, junto con la guerra, solamente dos de los notables fenómenos forzados por esa realidad económica. Los dos países, como todo el mundo, necesitaban darle trabajo a sus hombres jóvenes, víctimas de la crisis.
Los políticos saben que el empleo más fácil de crear, y que desata una cadena, es el de soldado.
De la misma manera, la industria que más fácilmente se desarrolla es la del armamento, con un empujoncito del erario. Así surgió en el mundo, entre otras cosas, la liberación femenina. Con sus hombres muriendo en el frente de batalla, las mujeres tuvieron que ser llamadas a participar en los procesos de producción industrial. Cambiaron el delantal por el overol de los obreros. La estufa por el torno.
Fuera de casa, las mujeres empezaron a conocer otras realidades, personas, sentimientos y sensaciones; incluyendo su derecho a la sexualidad. Pero esto, si bien es un muy importante fenómeno social, es costal de otra harina.
Volvamos al Medio Oriente.
Además de los intereses que las grandes potencias del armamento tienen en estos conflictos (EE. UU., Rusia, China, Israel), las múltiples dificultades del proceso de paz en esta zona crecen por el peso de personalidades conflictivas y particularmente volátiles. Concretamente, Donald Trump y Benjamin Netanyahu.
El primero, con sus mensajes electrónicos en su imprudente estilo grosero y agresivo que conocen tan bien México y su gobierno, torpedea con facilidad y frecuencia cualquier avance hacia la firma de un papel centrado en dos condiciones que ni los Estados Unidos ni Irán parecen aceptar: por una parte, la renuncia total al programa nuclear de Irán, que incluye la bomba, y la entrega del estrecho de Ormuz a dominio norteamericano.
Netanyahu, empecinado (Trump diría encabronadamente terco, o emputadamente imbécil) en ver crecer el territorio de Israel a costa del Líbano y el bombardeo de su fértil sur, va a seguir siendo un obstáculo para la paz.
Y mientras centenares de miles de personas de la zona son desplazadas de sus posesiones ancestrales o, simplemente, de la vida, la búsqueda de la paz se convierte en un juego de palabras cruzadas, que desde mi infancia de primeras letras se llaman crucigramas. Como es al que están jugando Irán y los Estados Unidos.
Palabras que nadie parece descifrar; mucho menos entender y ejercer.
PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Pocos mexicanos pueden considerarse sorprendidos por la revelación de que Andrés Manuel López Obrador tiene miedo de lo que pueda contarle a los gringos el Mencho, según revela Ken Salazar, exembajador en México en su libro de memorias, a publicarse en seis semanas.
El miedo a lo que puedan contar los narcodelincuentes que ya tiene —y que tendrá— la autoridad norteamericana no lo debe sufrir solamente el expresidente.
Los mexicanos saben que, sin que “un empresario cercano a AMLO” que Salazar llama “The whisperer”, esto es el soplón o susurrador, lo confiese, el narco penetró al gobierno mexicano a todos los niveles desde el sexenio de Vicente Fox.
Y que ahí sigue. La lista de los temerosos es larga.
