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No es ninguna broma del día de los inocentes, que hoy celebran en Estados Unidos. Donald Trump puede decretar hoy mismo el cierre de las fronteras con México.

El presidente estadounidense, y aspirante a la reelección el próximo año, tiene en México uno de los mejores pretextos para explotar su agenda racista, que tanto éxito tiene entre su clientela política. Hoy, 99% de los conservadores, dice el medio conservador Washington Examiner, quiere un muro en la frontera sur.

Pero también tiene razones reales y suficientes para reclamar una inundación tolerada por México de centroamericanos en su frontera sur. El número de detenciones de inmigrantes ilegales en la frontera con Estados Unidos se ha disparado como no se había visto desde la última crisis migratoria, en mayo del 2014.

Hay grupos que descubrieron la vulnerabilidad y el espacio de oportunidad que les generaba un gobierno como el mexicano sin una estrategia migratoria clara y con un discurso de tolerancia populista ante la entrada ilegal de extranjeros, a la par de la permisividad de las leyes migratorias estadounidenses, que dan una oportunidad de éxito a quienes logren tocar suelo en ese país.

Las llamadas caravanas migrantes, que iniciaron por goteo con amplia atención mediática y con un aprovechamiento político descarado de las autoridades mexicanas que las arropaban, se han convertido en una inundación que hoy alimenta el discurso antimexicano de Donald Trump.

La puerta fue abierta por el propio presidente López Obrador, quien ofreció visas y trabajos para los centroamericanos. Hoy, la permisividad a violar las leyes migratorias mexicanas ha creado una crisis bilateral que amenaza con agravarse. Porque quienes llegan no quieren chambas de un salario mínimo, sino 15 dólares por hora.

Porque, así como el presidente alimenta sus sueños de resolver esta crisis creando empleos que simplemente hoy no existen ni para los mexicanos, así el presidente de Estados Unidos alimenta sus ambiciones políticas propias amenazando a México.

Y por el perfil de ambos personajes, nadie los va a sacar de sus respectivas obstinaciones, de crear un mundo feliz México-centroamericano y de mantener confinado tras un muro fronterizo a cualquiera no sajón.

Es cuestión de tiempo antes de que López Obrador le compre el pleito a Trump y puedan iniciar un intercambio de acusaciones. Fue el hoy presidente el que hace no mucho tiempo, durante la campaña, garantizó que cada tuit en contra de México de Donald Trump sería respondido de la misma forma. Por lo que es un hecho que ganas no le faltan.

La primera escala es el cierre de algunos tramos de la frontera común, con todo lo que esto implica para la relación bilateral, que es simbiótica.

Trump había dejado de lado su pleito con México para concentrarse en su lucha contra los demócratas. Incluso, había desaparecido por completo de su discurso el tema del pago del muro fronterizo.

La batalla era por lograr los fondos presupuestales y no generar algún mecanismo de coerción hacia México para que pagara. Había parado todo en que este país aportaba al muro con el nuevo acuerdo comercial. Algo ridículo, pero más valía no quejarse.

El problema es que la mala política migratoria mexicana de abrir de par en par las puertas a los centroamericanos, con todo e invitación a pasar al mercado laboral, ya creó una crisis migratoria en la frontera común.

Así que con tal permisividad del gobierno mexicano para que Trump actúe desde el más racista de sus ángulos, ahora nos enfrentamos a una crisis que puede escalar.