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El país vive momentos singulares. El impacto de la pandemia es profundo y afecta por igual instituciones, economía, política, los términos de convivencia y a las personas y sus familias. En este entorno tiene lugar la competencia electoral para la renovación de la Cámara de Diputados y de gobiernos locales, alcaldías y presidencias municipales. El modelo comunicacional de las campañas, claramente disfuncional a un voto informado, no permite que la movilización propia de la temporada contribuya al reencuentro del país consigo mismo, con sus fortalezas, con sus ideales, con la capacidad de cambiar para mejorar como tarea colectiva y no de un grupo.

Se viven tiempos de encono. No es nuevo y en ello tiene mucho que ver la circunstancia y un agravio acumulado de desencanto y descontento. Debe preocuparnos que la democracia y sus principios empiecen a verse más como un problema que como un logro. El país no puede dar licencia para destruir lo mucho que se ha alcanzado a ese respecto en las pasadas décadas. La impaciencia y la desconfianza popular pueden ser el caldo de cultivo y sustento para que desde el mismo poder se emprenda una embestida contra las instituciones de la democracia.

​Las elecciones deben ser el proceso que ratifique la normalidad democrática. Los gobiernos deben contribuir para que los ciudadanos participen en libertad y que los partidos y sus candidatos puedan desplegar su proselitismo para que sea el voto libre el que determine el mapa de poder en el país. El Presidente de la República debe ser ejemplo de prudencia, mesura y sentido de responsabilidad. Las diferencias, más las de mayor relevancia política, deben procesarse a través de las instancias jurisdiccionales para así llegar a un punto final a partir de una sentencia como expresión legal.

La inercia histórica propia de los comicios intermedios es el regreso del pluralismo. Es decir, que ninguna fuerza política por sí misma obtiene los asientos legislativos para cambiar la Constitución o quizá las leyes ordinarias, al tiempo que gana terreno la alternancia en gobiernos locales y municipales. Por eso, no hay razón alguna para hacer del regreso al poder dividido preocupación fundamental; es solo una posibilidad propia de la normalidad democrática.