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No sabemos cómo se dice en chino mandarín “jamás vi doblarse a alguien tan rápido”, pero el gobierno de Xi Jinping puede presumir que no fue tan difícil sentar al gobierno de Donald Trump a negociar al menos una tregua en la absurda guerra comercial que desató el Presidente de Estados Unidos.

La sensación de omnipotencia del republicano se topó con la realidad de que el principal castigo de su política de aplicar aranceles de forma desproporcionada es para las empresas y los consumidores de su país.

La aplicación de impuestos de importación a los productos chinos con una tasa de 145% paralizó el comercio bilateral y la agresiva respuesta del gobierno asiático de implementar aranceles prácticamente en espejo, a una tasa de 125%, congeló el negocio de muchos grupos empresariales estadounidenses, sensiblemente de la industria agroalimentaria.

No es poca cosa lo que está en juego, el año pasado el intercambio comercial entre Estados Unidos y China fue de 585,000 millones de dólares, de los cuales 440,000 correspondieron a importaciones estadounidenses, contra 145,000 millones de dólares de ventas al mercado chino.

Donald Trump ha aplicado su política arancelaria a todo el mundo, pero el daño mayor era, lógicamente, a sus principales socios comerciales.

A sus vecinos, México y Canadá, los amenaza con vueltas a la tuerca de los aranceles y después juega a liberar la presión.

Canadá respondió fuerte y México con serenidad y paciencia, y el resultado ha sido prácticamente el mismo para ambos países que están a la espera de renegociar su pacto comercial con la nueva visión de Donald Trump.

Con los chinos es diferente, el gobierno de La Casa Blanca quiso jugar a las vencidas con un país que no tiene limitaciones políticas internas y al que le sobran los recursos para subsidiar una guerra comercial.

Y con algo elemental, Estados Unidos puede tener ventajas sobre México y Canadá, en muchos terrenos. En especial sobre nuestro país hay una larga lista de formas de presionarnos para doblar a las autoridades.

Pero China tiene en la bolsa 759,000 millones de dólares en bonos del Tesoro de Estados Unidos y con eso puede hacer lo que en el lenguaje más técnico posible se llama “manita de puerco” al gobierno de Trump.

No puede haber ganadores en un lance como el que emprendió Trump desde que regresó al poder, las consecuencias se pagan por ahora con un estancamiento económico y presiones en la inflación, no sólo de su propio país sino en buen parte del planeta.

Pero China tiene el poder para negociar como una fuerza similar, de tú a tú. Canadá y México tienen poder en el mercado estadounidense, no son importadores fácilmente sustituibles, pero son niveles asimétricos de fortaleza.

Buscar una pronta renegociación del acuerdo comercial trilateral, del T-MEC, es una postura acertada del gobierno federal mexicano, porque si bien se pueden anticipar condiciones menos ventajosas para los socios castigados con aranceles, al menos podrían quedar claras las reglas del juego, las reglas de Donald Trump para el juego.

En la medida en que disminuya la incertidumbre y se puedan generar nuevas certezas, se pueden encontrar oportunidades para el crecimiento.