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Hay una parte irrecusable de verdad en los argumentos de Felipe Calderón sobre la guerra que lanzó durante su gobierno. Dice el expresidente:

1. Las drogas prohibidas no explican el crimen organizado de México. 2. Legalizar las drogas no basta para resolver nuestros problemas de seguridad. 3. La mayor parte de los muertos de estos años viene de la guerra intestina de las bandas, no de la violencia del Estado.

Las tres cosas son verdad, pero no son toda la verdad. Comento una por una:

1. No se puede atribuir todo el crimen organizado que azota el país a los cárteles de la drogas, pero es imposible negar la relación orgánica que hay entre ambos. Más aún: prácticamente la totalidad de la violencia y del crimen que hoy nos preocupa tiene o tuvo su origen en el tráfico de drogas.

2. No es posible atribuir a la prohibición y la persecución de las drogas toda la violencia que se ha generado en México. No, pero sin esa prohibición no existiría el potente mercado de drogas que dio lugar a los cárteles, no habría existido tampoco la lucha de grupos criminales por las rentas del mercado, ni habría sido necesario reprimirlos: descabezarlos, fragmentarlos, debilitarlos.

3. Finalmente: no puede atribuirse solo a la violencia del gobierno la endemia de homicidios que ha vivido el país desde el año 2008. Pero es un hecho estadístico contundente que la violencia se disparó a los cielos a partir del lanzamiento de aquella guerra contra el crimen. En 2007 México tenía un promedio de 8 homicidios por cada 100 mil habitantes. En 2011, eran casi tres veces más: 23 por cada 100 mil.

Lo cierto, históricamente hablando, es que cada vez que México ha metido el acelerador en el combate a las drogas ha multiplicado violencia y la inseguridad que buscaba corregir.

Yo diría, de hecho, que la prohibición y la persecución de las drogas son las causas originales de todos estos males.

Si en 2008 México hubiera legalizado las drogas, en vez de redoblar su persecución, hoy tendría que perseguir solo al crimen organizado restante, todavía un reto enorme, pero no más sangriento que el de los últimos años.

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