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Primer round: En México la política no se discute: se escenifica. Cuando no alcanza el argumento, se recurre al descontón, al jalón de greñas o al manotazo retórico que deja moretones en la dignidad democrática. El round se desarrolló en San Lázaro Square Garden. El diputado Pedro Haces, peleador de la CATEM, de todos los pesos, quien arrebatara el Cinturón de Líder de los Trabajadores al veterano Carlos Aceves del Olmo; se puso los guantes ante el priista Omar García. No fue un debate: fue un choque de trenes con uppercuts de adjetivos descalificativos y ganchos al hígado de los ciudadanos. No hubo referee que pusiera orden; apenas un murmullo institucional que decía “¡respeto al recinto!” mientras los golpes retóricos buscaban el mentón contrario.

Haces, acostumbrado a dirigir sindicatos, a imponer líderes de baja ralea y a posar para la foto haciendo clinch con el primer desconocido que se lo pida, sacó el repertorio completo —rudeza y técnica—: bravata, amenaza de extorsión, acusación, gesto de superioridad moral recién planchada. Del otro lado, el priista, boxeador de representación proporcional, intercambió golpes con la nostalgia del que añora los viejos tiempos de su establo tricolor, cuando las peleas se resolvían en lo oscurito y los referees estaban a su favor.

Resultado: empate técnico, pero nocaut a la institucionalidad. Porque cuando el Congreso parece arena de boxeo y los diputados se miden por su golpeo y no por sus ideas, el público —ciudadano raso— paga la entrada y sale con dolor de cabeza.

Segundo round, lugar: la Arena Coliseo de Donceles. Lucha libre de mujeres que llegaron al Congreso capitalino tras mucho tiempo de batallar por espacios públicos con honestidad y decoro, reducidas por un instante al sketch que tanto disfrutan quienes creen que la política es un espectáculo de gritos

Diputadas de Morena y del PAN se enfrentaron con una coreografía que ni en la Arena México un viernes por la noche se ve: empujones, gritos, manos al cabello y un presidente de la Mesa Directiva pidiendo cordura como quien ruega silencio en una posada a las una de la madrugada.

Hubo una lesionada grave: la dignidad del Congreso de la Ciudad, que salió en camilla, con collarín y pronóstico reservado. Porque cuando el debate se sustituye por el agarrón, el argumento por el peinado despeinado, la democracia pierde por descalificación. La política no se mide por la cantidad de escaños ocupados, sino por la altura de las ideas. En esta ocasión el debate se quedó en la lona con las espaldas planas.

Tercer round, por el Campeonato Mundial del Agandalle: Donald Trump contra Venezuela.

Trump además de boxeador, es promotor y manager, nunca ha perdido una pelea porque también es el narrador. Escogió a Venezuela como sparring con el pretexto de que es una “organización terrorista con gobierno ilegítimo”; ha bombardedo

lanchas —según él llevaban droga, aunque la evidencia sea ocho personas con aspecto de pescadores y una atarraya, vistos desde un helicóptero. Con su jab mantiene la distancia –el boicot— con el gobierno bolivariano hasta que “devuelvan” crudo, tierra y activos que, asegura el peleador de color naranja, fueron robados a Estados Unidos en algún momento impreciso de la historia universal.

Trump, el bronco del barrio, busca pelea contra débiles e inmaduros. Siempre gana en su relato. Si bombardea, es por la libertad; si sanciona, es por la democracia; si acusa, es porque “todo el mundo lo sabe”. No hace falta comprobar nada: basta con decirlo desde un podio y repetirlo en redes. El guion es viejo, pero sigue funcionando: enemigo externo y patriotismo de utilería. Aquí no hay campana ni referee internacional que detenga la contienda. Solo hay un promotor que promete justicia a bombazos y un público que aplaude desde lejos.

Tres rounds, un mismo espíritu: la política convertida en espectáculo. En México, los espacios políticos se usan para desahogar egos; en Washington, para exportar culpas.