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Rubén CortésCanela fina

Pero su padre leyó esta oración como quien dicta un testamento: Se durmió el Rey en el trono, el caballo en el establo y la mosca en la pared

El mejor escritor cubano de la diáspora de la Caída del Muro de Berlín, Eliseo Alberto, murió aquí hace hoy nueve años. Era, también, el mejor conversador cubano de esa generación perdida en este exilio de saudade.

Es una lástima que esta costumbre de grabar y filmar todo con los teléfonos llegara después de su muerte. También la facilidad: hoy casi todos tenemos teléfonos. Porque con sólo escuchar a Lichi te convertías en escritor y, con algo de talento, en un buen escritor.

Lichi contaba de cuando escribió “La eternidad por fin comienza un lunes”, y García Márquez le preguntó:

—¿En qué tiempo estás escribiendo: en pasado, en tercera persona? ¿Cómo se llama el personaje?

—Una se llama Anabel y otra se llama Aruba.

—¿Cómo le dices a Anabel?

—Bueno, Anabel unas veces, otras veces la modelo, la muchacha, la trapecista, según…

—Tienes que decirle sólo de dos maneras: Anabel y la trapecista. No le digas la muchacha o la modelo, porque la gente se confunde. Y recuerda que las oraciones nunca empiezan con verbo, siempre con artículo, y que en el uso de formas verbales y palabras siempre hay que escoger con cuidado. Como en la carpintería, porque ningún mueble es de una sola pieza.

—¿Cuál es la clave entonces, maestro?

—Que para imaginar una escena hay que imaginar otra. Pero lo más difícil es lograr que la célula básica de un texto sea la oración y ligarla con sujeto, verbo, predicado y los tiempos verbales; en especial los verbos irregulares para evitar la cacofonía.

También narraba cómo su padre, el gran poeta Eliseo Diego, leyó a sus tres hijos una versión de “La Bella Durmiente del Bosque” que acababa de traducir. Lichi hacía una pausa teatral en la escena en la que el Hada Madrina decide dormir a la princesa, y a todos en Palacio.

Decía que le dijo al poeta: “Dormirlos es injusto. Ni los cocineros que asaron los perniles ni el floricultor que cortó las rosas para decorar las jardineras tenían por qué participar en un pleito que no era de ellos, sino de la joven, dulce y dormilona heredera”.

Pero su padre leyó esta oración como quien dicta un testamento: Se durmió el Rey en el trono, el caballo en el establo y la mosca en la pared. Con la oración, su padre le regaló lo más preciado que siempre tuvo: lo enseñó a mirar. Porque un escritor es su mirada.

Del tipo de amigo que era Lichi, de cuánto me ayudó, reímos o lloramos juntos, de los mediodías que nos faltaron, de cómo se nos fue entre las manos dejando en la orfandad a tantos que lo queríamos tanto… escribo después.

Porque nunca puedo hacerlo sin llorar.

  1. Dos viejos pánicos

    Mientras releía esta semana Nos acompañan los muertos, la novela de Rafael Pérez Gay, se me derramó una gota de agua encima de la página 135. Era de madrugada, con la casa envuelta en la paz del entresueño.

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